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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

14/11/2008 GMT 1

Mitomanía del Amor Universal

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 18:26

Todo lo que necesitamos es amor. Es la energía existencial más altamente reputada e indiscutida. Nadie se atreve a negarlo. Amor por encima de todo. A ver, todos juntos/everybody: ellos/as aman- vosostros/as amais-nosotros/as amamos-él/ella ama-tú amas-yo amo. ¡Muy bien! Lección aprendida. El amor es entregado con el pack de una infinita variedad de propuestas que van desde el elenco de religiones a la nómina de productos cívicos de relación. Las agencias matrimoniales viven de él como producto y los antiguos burdeles eran algo más que casas de sexo. La gente busca y pide amor. Amar es lo importante. Nadie se pone voluntariamente del lado del no-amor o al menos no lo hace de una manera explícita para no formar parte de las listas de los seres odiosos. Amamos al por mayor. Somos humanistas, altruistas, practicamos la filantropía. A fuerza de repetirlo, el amor está en todas partes, hasta lo podemos encontrar bajo las piedras, apuntado con corazoncitos en las cortezas de los árboles, en las esquinas, en las calles y sus pintadas, en las tabernas...
No siempre está bien visto: la gente todavía pleitea por darse besos en público, porqué una cosa es lo que dice el marco legal y otra muy distinta lo que está dispuesta a admitir la inercia de la tradición .
Hay tanto amor, se dice, que un observador neutral se tiene que morder la lengua cuando no para de encontrar episodios de odio por doquier. En estos momentos el saldo de conflictos armados en el planeta ronda el de 30 países. Amantes de los números: no desesperéis, a medio plazo esta cifra se verá incrementada. Si hay tanto amor universal ¿cómo es que no para de haber violencias terribles, tanto a pequeña escala doméstica como lo que sucede a gran escala internacional? Algo falla. La teoría amorosa cursa no sin trampas. El amor afirmado debe ser un amor simulado. El amor declarado forma parte de las leyendas indispensables. Necesitamos creer que somos depositarios de amores ajenos y sabemos ejercer como seres sentimentales. Ese debe ser nuestro sino. Es lo que nos caracteriza como seres humanos. Forma parte de las maneras culturales de relacionarnos. ¿Si no somos capaces de amar, de qué sirve que seamos capaces de hacer otras cosas? Sin embargo, el amor tanto en su teoría como en su manera práctica de ser mostrado, viene confundido con otras prácticas: las necesidades convivenciales, la empresarialidad de las relaciones, los móviles sexuales. Por otra parte, no hay una sola clase de amor sino una vasta gama de sentimentalidades: las vinculaciones heterosexuales, las homosexuales, las paterno-filiales, las amicales y las fraternas forman parte de las categoría más conocidas. También hay el amor místico, el amor cortés, el amor entre camaradas, el amor platónico...Unas clases de amor representan líneas sentimentales mutuamente excluyentes y otras son solapadas. La verdad sentimental en toda su crudeza queda proporcionada por las indagaciones que deben permitir el libre albedrío de las respuestas para que no sean condicionadas por el criterio de lo que conviene decir. Nancy Friday transcribe un buen número de fantasías de lectoras animadas a ser confidentes desde el anonimato, algo que es más dificil obtener en los careos directos. La sexualidad de facto o su fantasía -como una expresión de la evolución de ella- concretan vínculos de intimidad y concreciones amorosas. ¿En qué proporción el amor disminuye cuando el partner no obtiene del otro lo que espera de acuerdo a la idea que se ha formado? El amor no es todo lo desinteresado que su definición permite conjeturar sino que está condicionado. No funciona de acuerdo al principio universal del amaos los unos a los otros ni cree en la pantomima de que los seres aman a todos los demás a piñón fijo. Los filántropos se hacen misántropos y los cristianos agotan sus otras mejillas para seguir aceptando malostratos. El amor tiene en la antigüedad el icono de Eros: principio de vida y de placer y en las óperas y otros documentos dramáticos una larga historia de violencias entre amantes y sus contextos.
El amor es voluptuoso, pide el goce y la correspondencia, no tiene suficiente con la declaración del te-quiero (forma verbal, por otra parte, más sincera que la de te amo) sino que necesita la seguridad del objeto amado, lo que lleva al control, a la celotipia, a la rivalidad, a la insania. El amor universal, por principio, tiene más que ver con la mitomanía que no con la constatación de los hechos. Nos amamos ¡sí! Y necesitamos amarnos, pero no hay un amor igual a otro, no hay un compañero o compañera que nos procure la misma historia de juegos y pasiones que el anterior, o que el posterior. Además, el amor no existe a priori sino que es una de las conductas de aprendizaje. Cada cultura tiene sus maneras predominantes de amar y la inercias tradicionales prefiguran los distintos roles para hacerlo. Los hombres son promocionados a la falocracia, las mujeres a la sumisión, los niños a la obediencias, los adultos hacia la fiscalidad. No se ha permitido ni permite la libre expresión de los impulsos y las necesidades de crecimiento subjetivo. La masturbación sigue siendo, tácitamente, prohibida, y cualquier contacto sexual antes de los 18 puede ser judicializado como manipulación. La sexualidad empieza con la infancia y la voluptuosidad y capacidad física para el goce es mayor en unas edades que en otras, también en un género que otro. La tesis de Mary Jane Sherfey es que los mayores deseos femeninos para las copulaciones y su capacidad orgasmática de repetirlas fue una de las razones por las que fueron segregadas como grupo dominante tras el matriarcado y trasladadas a un plano de inferioridad, dadas las dificultades masculinas en seguir su ritmo. No hay hombre moderno -por mucho que declare el amor a su compañera- que acepte que ella siga sus impulsos y cubra sus necesidades sexuales con otros varones. Nos amamos sí, pero justo hasta el punto, de que nuestro objeto de amor no se desmadre hacia otros aventurismos de placer que no nos incluyan.
El amor universal es un principio rector interesante que pronto hace aguas, cuando en las relaciones concretas y sus conflictos derivados vamos sumando gente a la lista de los indeseables o de los no depositarios de afectos. Como teoría está muy bien, como praxis cotidiana resulta impracticable. El objeto de amor además de ser depositario de los anhelos y proyectos de futuro también es tratado como una fuente de placer. De hecho el amor oscila en función de la consistencia de ésta. Las atenciones al otro están dentro de la perspectiva de obtener el propio gusto. Frith, cirujano inglés, refirió la costumbre en Qatar, en el golfo pérsico, de la colocación de bloques de sal en la vagina de la parturienta para asegurarle su estrechez y así conservar la dotación de placer para el hombre en las copulaciones posteriores. El abuso de la cirugía estética también viene acondicionar el cuerpo ante las exigencias de la mirada y del placer del otro.
El amor universal como constructo es una de las destilaciones más encomiables del pensamiento de la humanidad, otra cosa es atribuirle una pureza extática. Ni siquiera queda demostrada en aquella clase de amor supuestamente menos materialista. Teresa de Avila refiere una séptima estancia en sus meditaciones, como el último y más elevado estado de misticismo, donde se topa con un gran deseo de sufrimiento pero con un límite para ser saciada por la voluntad del señor. ¿No es eso una clase de erotismo instrumental? El amor incondicional es una instancia quimérica que la misma leyenda amorosa necesita alimentar. Puesto que el amor surge y se desarrolla en los espacios relacionales, al igual que todos los demás pasa por la negociación, la selectividad y la discriminación. No se quiere a todo el mundo ni se quiere de la misma manera a quiénes se quiere. Tampoco se quiere con la misma intensidad en las distintas fases del curso de una relación. Otro asunto es que por precepto dogmático se haga un auto de fe del amor a la generalidad difusa de los demás. En la práctica todo es sometido a correlaciones de poder y de condicionantes. Pero no a procesos estandarizados: huyo de los sexólogos y puntos de vista psicológicos que tienen tasas de años preasignados para la pasión o para el amor. Ambas energías pueden durar lo que dure la vida y el hecho de que a algunas parejas se les agoten en el año número equis de haber iniciado su relación no significa que las demás tengan que seguir su modelo. Por lo general estas teorías son más el producto de proyecciones personales de sus autores que no el resultado de investigaciones serias.
Ante los otros en general nos caben tres grandes clases de posturas: las de quienes queremos, las de quienes definitivamente no queremos (dejándolos una temporada en el casillero de los odios) y quienes nos resultan indiferentes. Para Simone Weil, lo que cuenta en la vida y de quienes nos acordamos es de quienes queremos o hemos querido; es decir, de ese minúsculo y nanocósmico grupo que realmente nos interesa y por el que estamos dispuestos a partirnos el crisma. Los demás: esos 6400 millones de personas con las que compartimos planeta y esta época entresiglos forman parte del paisaje cuando no de la distancia inalcanzable.

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