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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

14/11/2008 GMT 1

Las Cartas-Artículos

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 17:11

Las Carta-Artículos. De lo personal a lo teórico: camino de ida y vuelta .
La anécdota puede alcanzar cotas de aburrimiento insufribles. Se puede hablar de exmaridos, de la prole resultante, de si la carrera de uno y el campeonato en el que ha participado la otra, del trabajo que se hace, de la época de las batallitas, de la manifestación en la que has participado o del acto heroico que ha hecho que tu nombre se subrayara. Inevitablemente, para ubicarnos los unos a los otros necesitamos datos. Y el desliz de una batería de preguntas va ocupando el lugar de la conversación: ¿dónde vives-qué haces-adónde vas-qué lugares frecuentas? Es así que termina por preguntarse todo aunque, por criterio, deploremos el interrogatorio: desde los hábitos culinarios a los hábitos y fantasías sexuales, desde las medidas corporales a nuestros ingresos económicos. El detallismo alimenta el relato. También lo mete en un mar de trazos de pintura de bodegones.
Trato de mantener y abogar por las conversaciones en el respeto de la intimidad. Que cada cual diga de sí mismo lo que quiera decir y no lo haga como reacción obligada a la indagación que se le somete. Estamos tan hartos de una sociedad policial que cualquier asomo de interrogatorio puede mover a prevención. El interés del otro por saber quien eres y lo qué haces tiene una doble lectura. De un lado, porqué es una manera de manifestar algo del orden del deseo. Querer saber algo de alguien pasa por el deseo de tenerlo en parte dentro de ti. De otro lado, la indagación es algo que integra el orden del control. Cuánto más sepas de una persona más vulnerable es para ti si tu intención es someterla de alguna manera (recordemos la imagen del policia o del detective con su libreta de notas apuntando, de la gente espiada, donde iba y a quien personas frecuentaba). Toda información de orden personal entregada enfrentará esta doble tesitura y deberá –quien la proporcione de si mismo- saber a qué demanda está respondiendo. A veces, un excesivo respeto por la persona que se acaba de conocer la deja al margen de una escena social sin ser preguntada por nada, lo cual podrá traducir en que no le importa en absoluto a nadie en medio de la indiferencia; otra, un excesivo interrogatorio la pondrá a la defensiva no queriendo incluirse en una conversación de arpías que quieran sonsacárselo todo. ¿Dónde está el equilibrio de ambos excesos? No hay un manual que nos auxilie para eso. Cada situación marca como ir tratando a los personajes que aparecen en ella. Evidentemente, son los criterios elaborados tras largas y duras experiencias y la lectura qué hacemos de cada caso lo que nos lleva a tomas de posición concretas, a emitir opiniones personales y a hacer acercamientos o evitaciones de quienes nos vamos encontrando en la vida, sea su desierto o su selva.
Lo personal es una fuente delicada de novedades. Lo nuevo viene – si viene- de la mano de alguien del campo de lo desconocido. Cuando algún otro que se nos presenta pasa a un fase de interés o no según los detalles que nos vaya proporcionando. Eso no haría falta decir sino fuera para recordar que una relación verbal con alguien es una relación contractual. Las palabras y lo que se dice actúan como cláusulas de un contrato implícito. El otro pierde todo interés cuando no está a la altura de sus palabras, cuando su hacer no tiene nada a ver con su decir, cuando sus promesas son una performance en la que no cree o cuando habla para persuadir pero no para entregar. La filosofía enseñó prematuramente con el sofismo que el lenguaje se podía poner al servicio de cualquier causa y que la oratoria podia ser un arte instrumental. Fue así como una persona podia defender causas contrarias en función de los postores que le pagaran. En otros terrenos: líderes de movimientos o conquistadores profesionales aplicaban la misma clase de discurso de una manera atemporal y no importando a quien iba dirigido. El agitador colocaba siempre el mismo teorema; el seductor el mismo verso. Continuamos necesitando de las palabras para seguir expresándonos en lo más profundo: eso no es el secreto mejor guardado sino el pensamiento más central de nuestras vidas. Hablar de los hechos y de los deshechos de una biografía sin duda son actos de franqueza que ponen al descubierto lo que hay debajo de una imagen, pero una persona no se da nunca de verdad hasta que no declara su sentimentalidad. Lo esencial no pasa necesariamente por lo que se hizo sino por lo que se sintió, incluyendo lo que no se hizo.
Lo más crucial de una experiencia personal es lo que destila como teoría. Su novela es relativamente secundaria. En lo aparente todo el mundo tiene pasados complejos a los que aludir relativamente semejantes, dependiendo de culturas contextuales, infortunios coyunturales y épocas políticas. Lo que más importa del ayer son sus secuelas, no el reconocimiento de las efemérides o fracasos en los que se participó. El ayer puede ejercer la fascinación de su transcripción continúa. Es cuando la noción de que cualquier pasado fue mejor invade la anexión al presente. Pasarse el tiempo intercambiándolo es un asunto para la historiografía. La necesidad comunicativa prioriza la exploración del presente y dentro de éste la disposición a darle o no cabida al interlocutor. Claro que para hablar hay que hablar de algo y lo que se tiene más a mano es lo anecdótico. ¿Qué has hecho hoy? ¿Qué tal te ha ido? ¿Qué piensas hacer? Preguntas de este tipo son las predominantes en las producciones verbales de la gente. En mucha menor cuantía se pregunta la sentimentalidad real o las posiciones filosóficas ante el universo. De lo abstracto se huye y además cansa y lo concreto representa el producto de amplio consumo aunque lo que diga sean banalidades, generalidades o estandarizaciones. Sin embargo una persona queda antes situada o descubierta en función de su pensamiento teórico que no del relato minucioso de todo lo que haya hecho durante una semana, un mes o un año. Los novelistas y los marujianos serían los cazadores de historias como diría Eduardo Galeano, los analistas y los amantes en bruto dejaríamos que nos poseyera lo más espiritual de una persona, el néctar de su ser. Sucede a menudo que lo único que interesa de una persona a un tipo de gente es su realidad en el sentido físico, en el valor de la imagen, en su formato corporal dejando a un lado toda aproximación a su autenticidad. No negaremos que la forma externa es lo primero que nos acerca o nos aleja de alguien. Serán los mensajes de este alguien los que detendrán esta primera reacción. Ronald Barthes habla de que la sustancia real solo es conferible al estilo: inflexión que cada vida animada es capaz de imprimir al río de las palabras en el que el ser aparece y desaparece . Un ser humano proporciona la oportunidad de ser persona a quien dotada de su condición intelectiva aprovecha las oportunidades de crecer y ser. En esa aventura de autodescubrimiento y autoafirmación le toca darse en una dimensión más allá de su simple representación como hablante. Tratará de sacarle el mejor de los partidos a sus actos públicos pero no podrá ahogar los rugidos de su interior si su relación con la existencia social es conflictiva. Por mucho partido que uno quiera sacar de si mismo se debe ajustar a lo que realmente es, por lo general, un ser contradictorio y dolido con sus historias pasadas de las que el indicador más claro de superación pasa sin duda por la no necesidad de continuarlas hablando en la repetición. La auto-referencialidad, con toda la anecdótica que comporta, bloquea el paso a nuevas y hetero-referencias, en definitiva bloque el paso al otro como innovación.
Contrariamente a la publicidad que organiza un mundo que carece de contradicciones donde el slogan pretende ser la solución, el individuo que necesita confesar sus historietas olvida que eso es lo que menos interesa a quien le acaba de conocer a no ser que sea un ávido de cuentos marujianos. Solo hay relato plano ahí donde no se habla de contradicciones, es decir, donde no se hace analisis. El relato no contradictorio es el que carece de profundidad. El sujeto anecdótico cubre una a forma representacional que impone la inmediatez de la traducción de si mismo. Pide el aval o el reconocimiento. Funciona como un mito icono de devoción suprime la complejidad de los actos de especie en los que poco o mucho han participado. La psicología relacional no pasa por una rueda de cuentos sino por un choque de personalidades. Es así que la elección de los campos de expresión es continua: de una parte es necesario configurar el tipo de persona con sus hechos y venturas; de otra, saber cual es su real existencial. Para cada persona saltar de lo uno a lo otro se hace indispensable. Mientras su producción de relato la tiene repartida en muchas ocasiones su posibilidad de escencializarse en su teoría no cuenta con tantas oportunidades. La novela contada tiene sus ventajas: la de sintonizar con quien empaliza desde la suya propia. La transmisión de su esencia choca con la incomprensión o el rechazo de quien está en lo anecdotario. Comparando ambos tipos de franqueza revela más verdad el relator que cuenta lo qué hizo que no como lo hizo o lo que sucedió.
Sea como fuere el viaje de ida y vuelta de lo personal a lo teórico es inevitable, pero se necesita acudir tantas más veces a la novela personal cuanto menos clara se tiene la teoría de vida común la que seguir escribiéndole nuevos capítulos. A menudo una carta personal que habla de un detallismo totalmente transitorio no tiene tanto interés en su respuesta a lo concreto de lo que dice como por lo que genera para la reflexión sobre la comunicabilidad. Eso no significa que una carta-artículo ningunee al corresponsal, antes bien dice en otras claves lo que aquel solo espera en la sintaxis descriptiva.

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