Hablar sin preguntar
¿se puede hablar sin preguntas?
En las relaciones convivenciales y afectuosas hay momentos de tensión que pueden ser determinados por el simple hecho de preguntar. Hay preguntas que por su contenido y su tono están emparentadas con una función de interrogatorio donde el interrogador se inviste de un rol de superioridad que pide revelaciones en el interrogado. aunque obviamente las preguntas no siempre son de control si no que engrasan la suavidad comunicativa e indican interés y ganas de saber del otro.Puede haber momentos y situaciones en que una batería de preguntas unilaterales se parece más a un interrogatorio policial para ubicar cuanto antes mejor al otro en un sentido socio-económico y en su perfil ideológico e íntimo, que no a un interés por la persona en su globalidad.
Generalmente quien pregunta en exceso suele responder en deceso a las preguntas que recibe.Con la mente ocupada y no exenta de obsesión por conocer al otro, saber de él/ella y por lo tanto poseerlo/la informativamente, pierde el sentido de la elegancia y de la correspondencia.
La sintonía comunicativa no pasa tanto por la mecánica de tratar de preguntarlo todo o tratar de responderlo todo como por la fluidez de los intercambios de datos y de informaciones recíprocas. El sujeto hablante ya va entregando piezas de su puzzle en la medida que va conectando con la onda del otro.Basta tener sosiego y tiempo para ir recibiendo lo esencial del otro.Por el contrario perseguir el dato inmediato (¿estás casado? ¿tienes dinero? ¿tienes hijos?¿con quien vives? ¿donde vas?..)es un indicador no de interés por la persona sino por la obtención de un perfil-robot preestablecido.
Es posible -afortunadamente- la comunicación fluida sin el atosigamiento de las preguntas o la recolocación de estas como elementos auxiliares y no centrales de las relaciones verbales.

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