Hablar o no hablar.
Hablar o no hablar: ésta es la cuestión .
En el hablar el decir es su hipótesis como en algunas de las comidas fast food la nutrición es la suya. Puede presuponerse que en todo hablar hay un decir pero no siempre es así. En la dicotomía que sirve de título a esta reflexión hay que añadir algo que haga referencia al control del límite de lo hablado: Hablar o no hablar, ésta es la cuestión y ¿hasta donde se deben hablar las cosas? Escribo deben en lugar de pueden. Teóricamente, el análisis de cualquier circunstancia permitiría estudiarla en sus últimos detalles, en la práctica los análisis quedan sacrificados a los intereses. Si bien la cultura nos empuja a hablar y nos enseña cómo hacerlo, la misma cultura escoge los temas y marca los límites sobre cada uno. No todo es decible. Vale repetirlo como slogan indicativo de los siglos que vivimos y otros precedentes. Puesto que es así y esa máxima es perfectamente interiorizada y encajonada en el mecanismo existencial de cada hablante, lo más que va a poder dar de sí mismo es un guión con una pátina de superficialidad suficiente para no granjearse enemigos o no producir colisiones.
Hablar tiene mucho de acto escénico y presuntamente de acto comunicativo. A menudo puede más lo primero que lo segundo. Se queda para configurar efemérides y hacer un seguimiento por encima de la vida que se sigue. Se presta la propia figura para seguir con la tradición de un encuentro o de una fiesta aunque lo menos crucial sea el interés verdadero por los demás que compartan salón y cháchara. La cultura nos ha educado en este sentido; es decir, nos ha desprovisto de la necesidad de transparencia de nuestros sentimientos. Y si bien el hablar sigue siendo ensalzado como lo más característico de lo humano, la función comunicativa queda un tanto excluida del asunto. El ser o no ser de las personas o el reto de cada inidviduo en convertirse en un ser completo pasa por las afirmaciones y negaciones de las cosas desde su visión progagonista, pasa por el hablar, por el compromiso de la palabra. Pasa por los enunciados y los predicados. Cuando tal compromiso no es aceptado su prerrogativa de ser persona queda un tanto deslucida. El hablante se convierte en algo así como alguien que dice cosas, que señala eventos, que propaga información, que resume noticias o libros, que comparte espacios sonorosos en los que se cruzan datos y observaciones, pero que no puede ser quien explica todas las verdades que sabe o que se pueda permitir poner en evidencia su sensibilidad. Se mantiene en la ratio formal de la circunstancia en la que interviene y coprotagoniza y a la vez en la irratio de censurar o encerrar todo potencial de decir en el asunto en el que coincide.
Todos aprendemos poco o mucho como manejarnos en grupo y con los otros interlocutores sin poner al descubierto nuestra vulnerabilidad o sin decirlo todo de nosotros mismos. La transparencia total es más un deseo que una posibilidad práctica. Puede estar en el campo del deseo decirlo todo, pero eso como el deseo mismo choca con los límites impuestos por un código implícito que autoriza a lo que es decible de lo que no lo es. Hay expresiones para indicar lo segundo: no es de recibo, no es protoclocario, no es correcto... A menudo la sinceridad es tratada como una forma de crueldad y es que no hay verdad que no tenga algo de cruel; no solo para quien la dice a quien se lo dice sino también de uno para consigo mismo. Hay cosas que prefiero no saber de mí si ellas van a ocasionarme una distorsión tal que me arranquen el ánimo de vivir tranquilo. Puedo generalizarlo: nadie quiere saber el día de su muerte por anticipado o vivir toda una vida sabiendo el día y hora exactos en los que va a fallecer, prefiere vivir de acuerdo con la ley general de que va a morir a tener la predicción exacta de cuando va suceder el deceso. También pasa con determinadas informaciones de diagnósticos de falta de salud, tanto por las terribles consecuencias en el supuesto de que sean falsos como por la introducción de datos de aprehensión que alteren la estabilidad psíquica. La apología de decir la verdad en todo momento y lugar tiene poco de realista y demasiadas difitulades para ser cumplida. La vida del sujeto por constituirse en Ser es una lucha por el acopio e instauración de la verdad en si mismo y en las circusntancias en las que interviene.
El habla está condicionada siempre por los límites de la capacidad de asumición de sus mensajes. A mayor libertad receptiva de los hechos le corresponderá mayor libertad en los dicentes para explayarse. Eso se pacta tácita y microgestualmente desde el principio de cada conversación. Un encuentro verbal va a más o a menos segun las señales que da la parte receptora en entrar en el juego de la verdad. Se necesita mucho tiempo y un proyecto universalizado para que las formas verbales salten de los límites de la representación de los sucesos, condicionados por lo conveniente, a un campo de sinceridad mayor que autentifique la condición humana. Podemos tener las cosas escritas y teorizadas y todos los datos de verdad consignados en un lugar u otro, algo distinto es llevarlos a la escucha en todo momento y lugar. Lo mismo que los textos de gramática tienen una renovación más lenta que los diccionarios, pues es paralelo a lo que ocurre con la vida misma del lenguaje, segun señaló Ignacio Bosque , también el uso de formas directas y taxativas depende de la oportunidad de usos explicitos tanto de los sentimientos personales como de los resultados de los análisis profundos y fecundos de las cosas.
A menudo tenemos que hablar de formas laberínticas para no herir o para no ser mal interpretados. El recurso al subjuntivo es una de las maneras complejas con las que introducir variables a considerar, sin que el mismo texto de la conversación pueda resolverla dejando en el otro la inicativa para que avance en afirmaciones. El uso del subjuntivo por Galdós o Muñoz Molina, a pesar de la distancia temporal entre ambos, es más parecido que el de sus léxicos respectivos. Me pregunto si las formas linguïsticas siguen desarrollándose a través de los siglos dentro de cárceles expresivas a pesar de llenarse de nuevos datos y neogologismos.
Es interesante seguir estudiando la cantidad de cosas que quedan por decir en todo encuentro verbal y que no son dichas, no porque no se disponga de campo de extensión linguïstica para ello sino porque se sospecha la falta de su recibo. Bosque reivindica la creación de diccionarios de combinaciones sin tácticas, capaces de contextalizar el sentido de las expresiones aisladas. Afirma que su inexistencia es una laguna en nuestro idioma. Paralelamente, valdría recorrer la enorme cantidad de expresiones usadas para los contextos como guiones pre-definidos que salvan al hablante de comprometerse personalamente en lo que dice. Mientras puedan más las expresiones decibles que la necesidad de decir lo que se viene callando la comunicación garantizada seguirá siendo una hipótesis por confirmar.

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