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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

14/11/2008 GMT 1

El amor transaccional

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 18:24

El amor no es un misterio. No tiene nada de enigmático aunque el embrujo sea uno de sus componentes, no tiene nada de ilógico aunque la falta de razones pueda estar presente en la elección del otro deseado, no tiene nada de imposible aunque las condiciones fisiopersonales puedan ser adefésicas, no tiene nada de improbable aunque las frustraciones previas lo hayan desestimado. El amor es una de las expresiones sentimentales de las que se vale el ser humano para calificar aquellas conductas de entrega a otro con el que gozar y complementarse. El amor es una transacción de la que estamos necesitados para vivir. Pero tiempo: antes de seguir hablando definámoslo, atrevámonos a definirlo. Amor es la actuación sentimental de un sujeto hacia otro que elige como objeto de su pasión, de su interés, de su adhesión para suplir sus déficits emocionales y existenciales. El amor no es una condición de propiedad del ser humano por el hecho de nacer como tal. Primero experimenta necesidades y poco a poco va entendiendo qué figuras también humanas de su entorno se las cubren. De hecho a las pocas horas de nacer puede identificar gestos y empezar a simularlos como moneda de intercambio y como mensajería visual. Después aprende a corresponder. La sentimentalidad es un aprendizaje.
Biológicamente no nacemos predispuestos a amar pero sí a gozar cuando otros nos aman. Las caricias, los besos, las carantoñas y los susurros, las palabras cuya sonoridad es cautivadora y toda la parafernalia adjunta de la que participamos en nuestros mimos en calidad de mimados o mimosos decoran las escenas de amor. Luego se irán precisando y la cultura se encargará de poner tanto los límites a la extraversión amorosa como de marcar la frontera entre su conveniencia o inconveniencia. El amor es de todas las prácticas sentimentales la que pretende una atención excepcional y exclusivista. Los niños tienden a querer mas amor de sus mamás y en casos extremos y patológicos el único, los amantes también tienden a pedirles atención en exclusiva a sus enamorada/os y algunos son capaces de malvender sus almas y tirar por el suelo su dignidad a cambio de ser correspondidos aunque sea mínimamente.
El amor queda esquematizado o esencializado en sus demandas más exactas después de desvestirlo de todos sus atuendos poéticos o románticos. El amor es una transacción, un intercambio de energías por la vía de los sentimientos. Remite pues al principio de correspondencia tan generalizado en los eventos de la naturaleza. Más exacto será decir a una sinergia en la que las partes se benefician mutuamente de la presencia del otro en sus existencias. Esta noción es fácil de ser consensuada. Ahí donde hay dos jugando, tocándose, hablando, caminando, dialogando, estando...hay un fluído recíproco del que los dos beben y se nutren en una medida u otra. Pero donde hay dos, desde el punto de vista del observador neutral, hay varias posibilidades. Una, es la del concurso de una empatía y un amor recíprocos, dos, la de una sentimentalidad asimétrica, en la que A ama a B pero B no ama a A, lo cual se traduce en dos versiones, la antedicha y la consiguiente lógicas que sea B quien ama a A y A no se sienta atraído por ese amor y no le corresponda amando a B. Pero también hay una tercera gama de posibilidades: las que se derivan del grupo dos en todos sus matices y pormenores. A o B pueden consentir en compartir una relación dejándose uno amar y el otro amando, poniendo las cosas a un cierto nivel de claridad. La pregunta es: si una asimetría declarada de este tipo puede llegar muy lejos. Una cosa son las citas puntuales entre dos personas en las que el rol de cada una está claro pero no está compensado. Es decir un amante ama a su objeto de amor pero este ni lo ama ni cree que lo vaya amar nunca y otra que ésta situación pueda ser psíquicamente sostenida por el amante que implica su sentimentalidad y se entrega en cuerpo y alma a una historia que no puede ir más lejos de lo que va. Buscar una comparación a esta situación no es complicado. La existencia social está llena de situaciones en las que las personas eligen recursos que no le sirven para sus necesidades. Eso pasa tanto en situaciones materiales de trabajo como en el grueso de las relaciones humanas. Para trabajar necesitamos herramientas específicas. Todo trabajo empieza por un buen planteamiento de lo que se necesita para acometerlo. También toda relación espera, instintualmente, encontrar en el otro recursos para un viaje por el amor en el cual hay, parece ser, una elección recíproca o mútuamente consentida. De hecho el amor es la entelequia un tanto efímera y un tanto indeterminada que se mantiene en un proceso abierto de definición mientras dos cómplices bajo su manto tratan de serlo. El amor pide una presencialidad física, un contacto directo pero que no siempre es indispensable. Hay evocaciones de grandes historias de amor donde el contacto físico fue mínimo o incluso nulo y donde lo predominante fue la certificación de su deseo por ambas partes. Hay realidades amorosas también en las que hay unilateralidad, en las que un amante se las compone solo para elegir a su objeto amado incluso sin el conocimiento de éste. Y por haber, hay patologías amorosas en las que alguien se puede enamorar de una evocación, de un halo o de una foto, como la de Sophie Dahl que de pronto irrumpe en la escena cotidiana un día tras otro durante una temporada por estar colgada en el panel de publicidad de la marquesina del autobús. A falta de corporalidad y calor anatómico directa en una situación extrema alguien se puede quedar prendado de su figura presentada como una modelo contundente por sus formas exhuberantes con las que impuso su cuerpo redondo en un mundo de líneas lánguidas. No es tan extraño o no más que quien se fija en una compañera de aula y adquiere sus detalles y formas desde una línea de asientos detrás de la suya y ajena a toda esta percepción es esperada ávidamente a la siguiente coincidencia en ese espacio. Claro, claro, hay una diferencia entre enamorarse de una foto de alguien que está viviendo en otra ciudad del continente a hacerlo de la figura de la persona que por la forma de sus caderas, por la voz de su habla o por su mirada puede llamar la atención. En el segundo caso hay una probabilidad material para una coincidencia o una serie de coincidencias y a partir de éstas ir aproximándose a la persona admirada. La foto no puede corresponder al amante en espera, la persona física que está cerca sí que puede corresponder eventualmente. O sea que llegamos a una primera aproximación del tema. El amor espera compensación. El amor espera algo. El amor espera amor.
El amor como apología de un principio universal en el que la gente ama por sistema indistintamente la circunstancia de este ejercicio es una presunción descabellada. El amor incondicional no existe. El sentimiento incondicional no existe. La energía incondicional no existe. Porque todo se ajusta a coordenadas tempo-espaciales y a vectores de intervención que influencian las conductas y las disposiciones. Todo está sometido a una clase de condiciones u otras porque la presencia de las cosas, de los hechos y de los afectos viene circunstanciada en unas determinadas formas, maneras, pesos, estéticas y contenidos. Apelar a la incondicionalidad es acudir a un eufemismo de inexistencia. Todo lo existente pasa por unas u otras condiciones. El amor que no espera nada en correspondencia es una declaración demagógica. El amor como toda fuerza o energía existente existe o puede existir porque cuenta con interacciones que lo retroalimentan. El amor a otro en el fondo espera un amor correspondiente, un amor corresponsivo, un amor coherente. De la misma manera que todo esfuerzo de intervención en un contexto es un trabajo que espera conseguir unos resultados de modificación en aquel entorno. Con esa noción el amor ya no es limpio, no es altruista, no es puro, no es auténtico. O sea que el amor, estoy a punto de decir, no es o no puede ser amor. O al menos no lo puede ser de acuerdo a las liturgias culturales que nos han amamantado haciéndonos creer en un concepto de pureza mística que la realidad y la historia de la realidad no han parado de desacreditar. De un lado el judaísmo ha esperado un mesías-todo-amor y todo terreno dispuesto a perdonarlo todo y a regenerar una nueva clase de humanidad, de otro lado el cristianismo nos ha asegurado la figura crucial que hizo todo esto aunque a la vez no estaba exenta de complejidad, tensiones, contradicciones e incluso ira. De una parte tenemos la poesía romántica que elogia el virtuosismo del objeto amado y de otro la prosa de los relatos complejos que describen emociones contradictorias y chocadas. Hemos de preguntarnos si el amor puede ser puro entendiéndolo como una constante de energía que nunca duda de sí misma. Pero esa pregunta viene seguida de otra idéntica con respecto a todo. ¿Es qué acaso no existen la oscilación, la variabilidad y la duda? Cualquier evento de la mundanalidad es esto, un evento, la posibilidad de una circunstancia distinta, el encuentro y configuración de una situación dada, que tiene ante sí dos grandes perspectivas, su continuidad o su cesación, su frecuencia intensa o su coincidencia remota. Pretender convertir un evento dado en estado perpétuo es completamente ilógico pues terminaríamos por no dejar tiempo ni espacio para las eventualidades. Ese criterio se puede trasladar a las relaciones humanas y dentro de ellas en concreto a las sintonías amorosas. El amor es un combinado de emociones y de compromisos. No se sostiene solo con la alegoría sentimental pide el acuerdo práctico, la efectividad en las formas y el disfrute de los actos. El amor hipotético, teórico o presunto es un amor a medias, un amor para sufrir, un amor al que no se deja expansionar en todas sus posibilidades. Ciertamente hay actitudes amorosas parciales en las que el sujeto enamorado presupone o prepara, a fuerza de tesón e insistencia, la respuesta corresponsiva del otro. Es una categoría arriesgada. La figura que se pone a amar esperando que la otra parte vaya a hacer lo mismo a la larga puede estrellar su morro contra la pared más dura. Pero ciertamente es difícil no querer a quien te quiere. Dejarse querer es otra manera de entrar en el amor aunque sea con retardo y por la vía lenta. A fin de cuentas el amor es una historia de circulación de energías sentimentales. Si estas van de un lado a otro, tarde o temprano terminan por ser devueltas de una forma u otra. El principio de correspondencia tampoco tiene que esperar ni la devolución de todo lo entregado en forma de energías equivalentes ni aún menos un plus de intereses. El acto de amar ya tiene una compensación en si misma sea o no correspondido ya que mueve una energías hasta este momento dormidas en este amante que se estrena como tal. Nadie puede autonegarse el deseo y es cuestión de tomarse libertades éticas y de desentumecerse de su antigua moral restrictiva para pasar a la acción, a los ensayos de aventura y a los encuentros divinos con el pecado. Negar la sentimentalidad ajena o la propia es un crimen, que curiosamente no está sancionado por los códigos civiles o penales por pertenecer a la esfera de lo psíquico y no de lo comportamental. Nuestra inmersión en una cultura fundamentalmente hipócrita que hipervalora lo conveniente y degrada lo necesario convierte a los seres humanos en fetiches de objetivos inventados por otros escindidos de sus verdaderos deseos. El mundo permite la perpetuación de la gente mediocre y sanciona a la gente brillante, encumbra lo anodino y frustra lo genial, elogia las conductas estandarizadas y discrimina las escenas extraordinarias. Así como hay conductas de éxito económico premiadas y en cambio las de calidad humana segregadas, (Juan Goytisolo establece una categoría de negación a un mundo que permite la libre circulación de capitales y no de las personas ) también hay conductas normativas y ordinarias que resultan ensalzadas y expresiones sinceras humanas que son machacadas. El amor es la invitación a una historia para la cual no se tiene, ni se puede tener, un guión aprendido. No hay nada más triste que el ligón de playa o el latin love de temporada o la discotequera que va a la caza de quien le pague la noche. El amor a priori no es bueno o malo, como nada sea dicho de paso. Shakespeare dice en Hamlet: “Nada hay bueno ni malo, si el pensamiento no lo hace tal.” Lo simbólico de cada acto tiene que ver con su intención de función. El amor que lo es, que puede serlo es el paseo por la aventura pasional. Esta pasión incluye para algunos apasionados el dolor de no correspondencia y la hipótesis del desamor cuando la tensión relacional no se hace posible. Las historias de amor de todos los tiempos exhiben procesos y novelas de alta complejidad en la que la hipótesis del amor total ronda siempre como incertidumbre escéptica junto a los interactos que los enamorados comparten. La dimensión amorosa tiene algo de vaporosidad que la hace inalcanzable en todos sus detalles. No es medible, no es pesable, no es comparable a ninguna experiencia salvo a aquellas que manejan su misma clase de sentimientos, lo cual no es mucho porque una historia de amor no tiene porque parecerse a la anterior o a la posterior aunque las tres hagan escenificaciones semejantes. Esa inalcanzabilidad en su medición lo coloca en un campo de escapada. No se tienen instrumentos de contabilidad aunque sin duda la cantidad de placeres compartidos, los gestos de amistad y regalías, los orgasmos creados y la profundidad de la intimidad concreta dan una idea de su intensidad. En cada una de las cosas hechas hay una transaccionabilidad. Un algo por otro algo aunque eso tenga poco que ver con el sexo de comercio o el goce prostituido por dinero. El grito de guerra de un feminismo de negativa a la condición femenina a ser ni puta ni sumisa recuerda el analisis que hizo diana al calificar las esposas de putas privadas sólo tocadas o manejadas por sus maridos-dueño. Una vía de liberación de un sector de ellas en algunas épocas y ubicaciones ha sido la de trasladar el lugar del amo: del marido particular a los hombres-clientes que les hicieran de postores. No es extraño que un tipo de recuperación del hedonismo y de la emancipación haya ido parejo en algunas mujeres a su dedicación a la vida pública, en el doble sentido de la palabra, la de la mujer artística y la de la mujer de/para todos. La figura de la prostituta sería vilipendiada y hasta apedreada pero también codiciada y admirada por tratarse de una persona libre fuera de ataduras personales e indispuestas a someterse a regímenes familiares. El hombre cargó con el rol de ser su seguidista, su cliente o su pagano. El hombre se repite hisóoricamente en una figura solicitante, sexodependiente de la mujer. Mientras ésta ha administrado sus necesidades eróticas con una dosis de contención, aquel ha sido incapaz de regular su biología o su química lanzándose a los agujeros corporales como un autómata reactivo frente a estímulos a los que no ha podido ni querido decir no. Sabemos que la cama es el gran lugar de las reconciliaciones y el lugar de reparaciones tras veladas en las que haya podido haber discusiones o encontronazos. El sexo es el homeostático de una relación de pareja. Todas las tensiones acumuladas por contradicciones convivenciales o de criterio son acalladas o atenuadas en los orgasmos coleccionados. Pero no siempre es así. Hay relaciones de amor, tal como resulta obligado considerar, unilaterales e incluso desconocidas para una de las partes. Hay gente que se enamora desde lo lejos y en solitario pretextando para ello el cruce de una mirada con alguien, el contacto con la fragancia de una chica que pasa o de alguien de quien solo se han cruzado un par de miradas y un par de palabras. Ese amor puede crecer como un producto psíquico propio sin que el objeto deseado ni siquiera se aperciba de la existencia de este amante en el banquillo de reserva. La gran confesión que hace el personaje de Stefen Zweig en 24 horas de una mujer, es un caso de este tipo. Su rubor viene dado porque se reconoce rendida a su deseo por alguien a quien acaba de conocer y eso va en contra de sus principios de moral restricta. A menudo el amor surge voluptuoso tras rasgar una sola condición: la de una tradición personal oficiando el miedo y la cobardía que ha venido atenazando al cuerpo y a la mente para no hacer ni pensar más allá de lo socialmente admitido. En una sociedad ideal de transparencia el humanismo sería un verdadero amor de todos con todos porque podríamos permitírnoslo sin avergonzarnos por eso. Por ahora el amor universal es la tesis de una verdad no práctica con lo cual su apología incondicional lo convierte en una mentira de hecho. El amor es tratado en términos de dedicaciones e intercambios concretos, de negociación de posiciones, la del uno en la vida del otro; de reclamación de conquistas, el territorio que ocupa uno en la mente del otro. El amor es una cantera total de la que surgen múltiples historias en todas las partes del mundo y en todas las culturas, en todas las gentes sean de la condición que sean su multiplicación numérica no las empuja al infinito sino a la repetición de argumentos que chocan contra sus propios límites. En cada caso particular una historia de amor está limitada por los límites mentales que uno de sus protagonistas arrastra o que los dos consienten. Una historia de amor paga por entrada de ser realizada los gérmenes del desamor en parte que contraerá. Se entiende que el amor compromete unas etapas y el desamor otras sin admitir tan fácilmente que algunos elementos desenamorizantes están ya presentes en los momentos álgidos de la entrega afectiva. No pocas historias de amor además contienen desde el principio actitudes chantajistas y perversas cuando su vocación de entrega se estructura entorno a una servidumbre. Popularmente el matrimonio ha tenido una imagen carcelaria y el single ha sido la imagen de la libertad frente al hombre o mujer casados. Cuando una pareja no se concede la libertad mutua para tener sus espacios, sus flirts en paralelo y sus otros lugares y personas de goce poco o mucho cada miembro de ella se convierte en el guardián de la otra.
La transacción amorosa trata de todo esto. El amor transaccional es la relación sentimental negociada que equivalente a un amor condicional y condicionado por las partes, tal vez más por una que por otra según la dosis exacta de cada demandante y de sus necesidad psico-atencional que tiene del otro. Se puede hacer una ecuación sencilla de esto. La figura que más amor necesita recibir, sea por su biografía deficitaria, su falta de experiencias anteriores, su virginidad demorada; es la más vulnerable psíquicamente frente a la que más puede prescindir del otro. Por lo general la mujer bella y excitante pero que no experimenta placer orgasmático ni tiene una necesidad continua de cópulas termina por tener una posición de fuerza, no exenta de perversión aunque no la controle, frente al hombre que se siente inferior, y que tal vez lo sea, y que no se ha desbaratado de sus complejos de inferioridad; es una figura de mando que tiende a manipular las situaciones. El hombre fuerte que va de falócrata tratando de acumular un mayor número de mujeres pasadas por su pene en su lista particular puede ser víctima de su sexo-ránking que le hace perder de vista las ventajas del amor sentimental. El machismo al uso para esa segunda figura puede estar protegiendo el terror del sujeto a ser emocionalmente manifiesto y a sentirse vulnerable. El día que alguien declara a otro: te quiero y no puedo vivir sin ti, afirmando dos hechos de su personalidad: la necesidad de poseer y la necesidad de tener a alguien como indispensable, aquel día confirma su estado neurótico y su peculiar manera de autoacondicionarse para una servidumbre mental de la que no conoce la manera de salirse. La alternativa al amor mediocre y subsidiario es el de la persona autónoma que puede prescindir de aquel y de su energía en el momento en que desaparezca, sea por rechazo, por desaparición o por muerte.
El amor binomial es uno de los cuatro grandes temas de las relaciones humanas. Los otros tres, las relaciones amicales, las familiares y las de colaboración para proyectos terminan por ocupar lugares secundarios en el peso energético que mueve a una persona. Si para Harold Varmus , los grandes temas científicos del XX los describe com el átomo, el ordenador y el gen, para la psicología de las relaciones el amor, es lo que da más experiencia y ocupa más territorio mental que ninguna otra cosa. Una persona se estructura psíquicamente en torno a un cierto numero de experiencias, tampoco tantas, y a un cierto numero de personas, tampoco tantas. El otro selecto, como pareja y como objeto de romance y de deseo es prioritaria. La fantasía inicial puede pretender muchas historias eróticas y lascivias pero a la larga poder sostener una relación de amor en profundidad va en contra de la pluralidad excesiva que mantiene los contactos en la superficialidad. Sea como sea la relación que es posible sostener, ésta permite una cancha de juego experimental y un progreso del sujeto sobre la experiencia anterior de sus límites sentimentales. Amar y enamorarse en el peor de los casos, el no correspondido, el no suficientemente transaccionado, catapulta al amante a la extralimitación de sus expectativas iniciales, tomando más confianza en si mismo y descubriendo partes ocultas de su ser que antes ni siquiera había sospechado tener.
Una fea costumbre es juzgar quien es quien en la relación privada ante dos nuevos amantes. La mirada externa, superficial y prejuiciosa se pone a dictar lo que cada uno tiene que hacer y como debe comportarse en función de los roles social y tradicionalmente pensados para cada uno. Por su parte los amantes correr rápido para publicar, con sus gestos y sus formas y sus declaraciones, su compromiso ante la sociedad, ante los que les conocen, ante sus familiares. Hechos estos preparativos la sociedad a través de sus representantes más próximos va marcando el guión que han de seguir. Las extrañezas y confusiones surgen cuando los nuevos amantes quieren vivir la vida pro ellos y no por los dictados preestablecidos de una cultura con la que no se identifican o cuando uno de ellos, por lo general quien ejerce más poder dentro de lar elación por tener la función de recibir más deseabilidad de la otra parte, se reinventa a sí mismo con un discurso propio, transgresor y valiente, que habla de pluralidad, apertura, goce compartido o amor extensivo. Este tipo de novedad no suele ser bien encajado cuando la otra parte todavía calcula la política sentimental de las relaciones que establece como si de una inversión en seguridad se tratara o como adquisición de una nueva imagen. Hay gente que tras la conquista inmediata les urge la alianza del compromiso, los preparativos de la boda o la presentación a la familia, como si con todo esto activara la cerca del aparato familiar para entrampar a la presa y no dejar que se marche. El amor es ante todo deseo, goce, entrega pero todo eso con un combinado que no sólo no quite libertad sino que la potencie. Tan pronto un amante pierde la libertad de amar se convierte en un cónyuge, en un conyugado, en un atado, en un prisionero, que podrá guardar las apariencias pero que se comportará como un ser castrado. A veces la figura amada, la que se deja querer y llevar, pero que no es la más activa en el amor hace un flaco favor a la parte más ilusionada si no le aclara con las palabras de la sinceridad aunque lo sean también de la crudeza, hasta donde está dispuesta a llegar. De otro modo el que embola su cabeza con fuegos incendiarios que sólo arden en ella puede estar tras presunciones más acordes con el delirio que con una perspectiva de futuro posible. Estas probabilidades distintas y contrarias no quita que cada historia de amor iniciada, aunque a los pocos días o semanas pueda abortar, abre maravillosos registros que dan nuevos contenidos a los actos del vivir. Cabe preguntarnos si merece la pena vivir toda una vida de incertidumbres a cambio de pasar por la experiencia del amor de unos días o unos instantes. Lo que es seguro es que haber vivido toda una vida sin haber vivido la experiencia del amor es no haber vivido. Para finalizar cabe extraer una conclusión fáctica: puesto que el amor es capital vale la pena prodigarlo y perpetuarlo, practicarlo y regenerarlo, buscarlo y encontrarlo y si no es posible sostenerlo con una persona ir tras otra con la que compartirlo y gozarlo. Quedarse entrampado en la figura de un amor roto es dejarse anclar por la frustración y no remontar el tiempo muerto del desaliento. La transacción también prevé la disolución del acuerdo cuando una de las dos partes se aparta de lo convenido o lo previsto tratando de llenar el puesto vacante con otra persona que merezca nuestra dedicación.

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