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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

14/11/2008 GMT 1

De la indiferencia al Rechazo

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 18:35

La indiferencia es uno de los fenómenos mas retratados en la sociedad humana, no necesariamente la más masificada, también se encuentra en pequeños barrios o vecindarios de escasa densidad. El sujeto indiferente es el que no muestra interés por el otro o por su entorno o por determinadas relaciones con objetos, estímulos y personas. La indiferencia absoluta es un síntoma patológico: el autismo. Entre esta en un extremo y la indiferencia selecta en el otro hay toda una gama de posiciones relativas. Hay personas y situaciones que mueven al interés y otras que no. No es necesario buscar razones evaluables ni claras, a menudo el mismo sujeto indiferente no sabe por que razones lo es. Algo de su interior lo marca y lo predetermina. Puede tener problemas con el color, con el idioma o con el aspecto de alguien. Basta que le recuerde a alguien con quien no tuvo sintonía o que su nombre le remueva viejas historias o cualquier asunto banal. Basta que haya experimentado un sentimiento de inferioridad o lo que sea para que la indiferencia sea un ejercicio práctico implícito: una forma de tratar al otro sin tratarlo. Evidentemente no hay ninguna obligación para la deferencia y lo que más predomina en la sociedad de población blanca mayoritaria es la indiferencia. Esta no deja de ser una forma civilizada de silenciar al otro: puede ser alguien directamente vinculado al ámbito de referencias y sin embargo callarlo no preguntando por esa persona ni aceptando recibir informaciones de ella. La indiferencia es un fenómeno sutil que va calando las relaciones y las extingue. Uno se entera de que lo que haga y diga o proponga le es absolutamente indiferente a otra persona porque da la callada por respuesta. Despues de enviar varias veces saludos y no recibirlos bidireccionalmente, o de hacer invitaciones y no tener acuse de recibo, o de enviar varios mensajes o cartas y no obtener respuestas, uno no puede por menos que replegar velas y reconocer que no hay viento. Si no hay correspondencia no la hay y punto. De la otra parte, otras tareas y asuntos más importantes mantienen ocupada su atención como para dedicarla o malgastarla a quien toma la iniciativa de contacto.
La indiferencia no tiene porque tener un posicionamiento de adversidad, simplemente puede quedar justificada pro la falta de coincidencia o de sintonía, por el hecho de tener maneras de ser diferentes, campos de intereses muy separados, razones existenciales diferentes, también puede ser por planteamientos e ideologías diametralmente separadas. La indiferencia es un fenómeno mayoritario enfrente de la deferencia que es minoritario y no siempre responde tampoco a un interés humanista por el objeto de deferencia. Pero mientras la deferencia propone unas condiciones que pueden dar lugar a una comunicación que se vaya cualificando, la indiferencia aborta toda hipótesis para ello. La indiferencia encadena indiferencia lo mismo que la violencia encadena violencia. A fuerza de insistir por alguien que no muestra interés y que se parapeta en estado missing acaba por dársele por desaparecido o su mención no pasa de ser un elemento contextual. Se citan a menudo personas o funciones como denominativos contextuales sin que tengan mas valor que el de referir una coordenadas. Mencionar tu padre, tu psicólogo, tu directora de escuela, tu hijo, tu cuñado sin referirlos por su nombre forma parte del léxico dominante en una cultura que se valora más la función que la persona. Para ser justo he de decir honestamente que no hay nadie que no acuda a la indiferencia como autoprotección y forma de relacionarse con el mundo no tratándose en profundidad con él.
Se puede establecer dos tipos de indiferencia esencialmente muy distintas: la que se tiene en relación a zonas de desconocimiento (la mayoría de personas del planeta no se las conoce en lo personal y no se puede tener una deferencia por ellas aunque sí por su constitución como humanidad) y la que se tiene en relación a zonas conocidas (parte de la gente que se conoce pero ante la que no se experimenta ninguna reacción de interés).
En los círculos de relación en los que vive y por los que se referencia una persona siempre hay un conjunto de personas que están en la proximidad (la familia política por ejemplo) con la que no hay una convergencia. No tiene porque haberse dado ninguna clase de enfrentamiento estridente, es posible que haya bastado microdetalles para posicionarse en contra, primero instintivamente y despues argumentativamente. Por lo general todas esas sutilezas no salen a la luz pública. En no pocas ocasiones antes de conocer a alguien ya se tiene una posición tomada ante esta persona. Es el comportamiento que se suele tildar de prejuicioso, pero la cosa es más complicada que la de tener un prejuicio. Los pre-juicios y pre-posiciones no dejan de autoafirmarse y nutrirse con nuevos elementos aportados por la experiencia que los avalan.
El mecanismo de la indiferencia creciente no es nada complicado. Tan pronto una persona se separa, toma distancia y muestra frialdad hacia otra lo mas probable es que esta otra le corresponda en los mismos términos. Es algo que se va dando sin que se necesite una planificación sólida para hacerlo. Es así que van pasando los años y no se asiste a la realidad subjetiva de esa persona incluso pudiendo ser importante para el futuro. Es famoso el rol espesante de las suegras o así tratadas por sus yernos, y no menso famoso el rol problemático de los abuelos para acceder a sus nietos a pesar de sus padres. A fuerza de intercambiarse nada los sujetos mutuamente indiferentes pueden llegar a olvidar el por qué de esta situación y por qué razón se desencadenó. Lo que es más grave: quien la inició puede atribuir al otro su falta de interés en el contacto. Reflexionar sobre la indiferencia es obligado en la reflexión de la psicología de la relación humana. La indiferencia constituye la zona dominante de las relaciones. Dicho de otra manera hay más personas en el mundo que se muestran recíprocamente indiferencia que otras que se muestran la deferencia. Cada una de esos miles de millones de personas que pasan y prescinden las unas de las otras no le faltan razones particulares muy solidas para parapetarse de lso demás o justificar porque les cayeron mal. El fenómeno es de tal envergadura que el ser humano demuestra su fracaso en eso aunque con la indiferencia paguen el justo merecido de quienes no necesiten más atención.
Cada uno de nosotros tiene la doble experiencia de no mostrar deferencia por otras personas y a su vez recibir la indiferencia de otras más. Eso no es grave cuando quien se hace el -o actúa como- indiferente forma parte de una constelación personal cuyo rol no es el esperable. En algunos clanes familiares con los que toca relacionarse por elegir a uno/a de sus miembros que no renuncia a su membrecía el único modo de sobrevivir es manteniendo las distancias o en caso necesario adoptando una indiferencia evidente. No quiero saber nada de tal o cual. No me hables más del asunto ni de esa persona. Terminamos por decir sorprendiéndonos a nosotros mismos con esa resolución tan radical. Todo lo que se puede hacer con alguien al que se considera insoportable, incorrecto e indeseable es apartarlo convenientemente a distancia para que no nos moleste con su soberbia, sus manipulaciones o su mal olor. Si molesta demasiado esa indiferencia se transforma en un rechazo explícito. Mira, ¿quieres comprender que no quiero nada de ti? Adiós, terminamos por decir a alguien que se te cuela por la ventana de tu vehículo ofreciéndote cosas que no te interesan ni que le has pedido e insistiendo como una bala de purgante con ellas.
La indiferencia es inevitable en un mundo como el nuestro cuyos valores dominantes no pasan precisamente por los defendidos por el humanismo. Esa parte de ella destinada a quienes conocemos porque han entrado en uno u otro de los círculos tangenciales con los que por obligación toca tratarse a diferencia de la otra con respecto a lo y a los desconocidos, es una forma sutil de mini rechazo o incluso un rechazo en espera. Hay un tipo de indiferencia que en realidad es propia del sujeto tímido que no se atreve a leer sus sentimientos reales y se auto coloca en ese punto pero que lo que en realidad encubre es un rechazo latente, siendo que el salto de la indiferencia implícita al rechazo explícita en realidad puede ser el salto de un rechazo no reconocido a uno reconocido. Cabe insistir que no tiene porque haber grandes razones para esa conducta. Basta la constatación de una falta de correspondencia para experimentarlo. He pasado por algunas experiencias curiosas como la de señalar la distancia y la frialdad, atributos de la indiferencia, a una persona indiferente hacia mi que se molestó al decírselo y eso la hizo saltar de su indiferencia a su rechazo explícito. En esos casos la adiaforia no cumplía mas que una pose transitoria antes de mostrarse realmente en lo que era. Recuerdo otra ocasión en la que la última conversación que tuve con una persona muy vinculada a mi vida fue por preguntarle que le pasaba por mantenerse en una posición tan a cubierto de mi o tan acorzada. Se puso tenso y nervioso, me dijo que no tenía una respuesta clara y nunca más volvimos a sentarnos para hablar de nada. Era mi hermano.
La fenomenología del desinterés por el mundo de lso demás es tan extensa que constituye una verdadera plaga. Se puede hablar de una epidemia universal donde sus atributos complementarios son el individualismo ególatra y la vida privada de puertas para adentro. Para la supervivencia psicológica del individuo la autoprotección pasa por grandes dosis de desmotivación que llega a alcanzar el umbral de apatía. Para disimulárselo selecciona un elenco de personas en las que volcar todo aquello que no dedica a otras. El autoengaño queda así cumplido poniendo el énfasis del problema en la persona a la que castiga con no dedicarle atención en lugar de hacerlo señalando el bloqueo de si mismo como trasfondo principal. No es que lo contrario de eso: la deferencia total sea la mejor de las alternativas. Hay quien un exceso de celo dedicacional lo convierte en un vocero de privacías. Marcel Mart aseguró que la mejor fuente de información son las personas que han prometido no contar lo que saben a otros.
El mundo está repartido en millones de propiedades privadas y de secretismos psicológicos en los que los unos no son invitados a entrar en las verdades y dominios de los otros. Esto forma parte de lo que llamamos realidad y las estimaciones que nos hacemos los unos de los otros, en particular cuando somos viajeros de primeras veces en países que no habíamos visitado antes, dentro de las primeras menciones está la del aperturismo o no mental de sus gentes y su capacidad hospitalaria o no. Aunque todos somos fundamentalmente egoístas y privacionistas nadie se abstiene de hacer su comentario al respecto midiéndose con los demás en función de su grado de hospitalidad o de comunicación. Objetivamente el mundo no se divide entre personas indiferentes y personas deferentes sino que hay que observarlo bajo el prisma de ambos parámetros para saber cuando es mas lo uno y cuando es más lo otro. El ser humano padece de una agnosognosia para reconocerse esa condición como patológica, dentro de una sociopathos, y la justifica como la consecuencia lógica de un estado de incomunicación permanente.

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