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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

20/08/2008 GMT 1

Entre la aquiescencia y disconformidad

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 13:29

Entre la aquiescencia y la disconformidad.
Disenso y consenso con los personajes referidos en el texto escrito.

De acuerdo con la tesis de que todo es literaturizable nada escapa a la mirada observacional de autor y cualquier encuentro o desencuentro con la realidad se traduce en páginas descriptivas o analíticas. La producción escrita resultante no es ajena a la mentalidad e ideología de quien la crea, tampoco al más o menos elaborado método de expresión que emplee. El trabajo escrito es el soporte contingente de una transcripción que sucede en el mundo de los eventos pero no remite a un traslado mecánico. Salvo el diarismo más estricto el cronista no cuenta exactamente las cosas tal como están sino tal como le vienen dadas e incluso en esa ordenación aleatoria, que como sujeto recibe, puede manipular la forma con que las trate. Escribir es trasladar de registro expresivo los sucesos por lo general de una forma demorada al momento en que ocurren. Los sucesos no solo abarcan los actos materiales y escénicos sino también los eventos mentales y sensaciones interno-organísmicas. El observador sensible jamás carece de material de observación. Aunque estuviera encerrado entre suelo-techo y paredes de una celda su imaginación podria hacer el prodigio de estar contando cosas sin parar. Lo más habitual es que mantenga una cuota de interactividad con el mundo exterior dejándose penetrar por sus escenarios e influencias. Desde el momento en que vive la vida instalado en la posición escritora todo lo que encuentre, pase por delante de su aparato sensorial, sea tema de conversación o forme parte de la experiencia cotidiana será susceptible de ser trasladado al soporte de lo escrito. Así como la percepción de un fotógrafo le lleva a ver la realidad en términos de planos y luces, la de un pintor en términos de colores e impactos o la de un humorista en términos de gags potenciales en cada gesto existencial; la de un escritor vera los productos verbales y las situaciones con las que se encuentra como materiales reutilizables para sus relatos o elaboraciones.
Hay un tipo de literatura que se presta más a eso que otra. El poema no necesitará describir un evento y tan solo destilará el sentimiento vivido en él. Raramente el lector no implicado en la escena conectara la interpretación sentimental con lo sucedido, a veces ni siquiera lo hará el lector implicado en ella. Por el contrario en la crónica quedará perfectamente retratado cada quien que salga en ella, no solo porque lo cite por su nombre real sino porque describa las características personales de su figura o de su momento, A fuerza de escribir y trasladar en términos escritos las cosas que ve, las palabras que oye el escritor se convierte en alguien potencialmente peligroso que puede documentar hechos a cuyos autores no les interesa conectar con su paternidad.
En la condición escritora, profesional o no, quien escribe poco o mucho recibe a lo largo de su vida amonestaciones de distintas maneras y tonos para que no escriba de una determinada manera o para que no lo haga contra una determinada gente. Probablemente todo tipo de iniciativa creativa recibe objeciones de corte parecido. Hay pinturas que han sido saboteadas por lo que representaban o trataban de decir, lo mismo se puede decir de películas boicoteadas o de obras teatrales castigadas. Hay reportajes periodísticos que no llegan a ver la luz por los impedimentos que reciben y resultados dentro del campo de la investigación científica que son paralizados porque va en contra de poderosos intereses económicos. Se puede afirmar que la verdad no suele ser al gusto de todos y quien tiene fuerza para impedirla si es que le desfavorece la puede emplear.
En el trabajo escrito el autor gestiona una determinada cantidad de personajes. El personaje no solo es la figura completamente inventada desde una novelación imaginaria sino cualquier mención, descripción, análisis o transcripción de otra persona física real con la que se encuentra. El autor de ensayo está habituado a citar otros autores, cuya mayor parte no conoce ni conocerá, para valerse de sus ideas o citas entrecomilladas concretas. Unas veces será para acudir a su magisterio con el que cubrirse y otras para discutir su afirmación. Por lo general este tipo de recursos es difícil que generen polémicas o desacuerdos en la mayoría delos casos, entre otras razones porque los citados no se enteran de que lo son y quienes los citan lo hacen en contextos no fundamentales. Por lo que hace a la referencia a alguien vivo con quien se ha tenido la suerte o la disuerte de encontrarse o coincidir básicamente al referirlo lo que se hace es citarlo de tal manera que no tiene porque agradar al citado si la cosa dicha lo pone en evidencia en algo que no desea que sea conocido. Desde el punto de vista del escritor con la gente que trata debería ser suficiente informar que esta escribiendo una crónica de lo personal para que quien escucha la palabra clave se de por aludido de que puede aparecer en ella. En la actualidad todavía hay mucha resistencia a eso y las crónicas o reportajes se hacen a pesar de las personas que son citadas en ellos y que tal vez no querían aparecer. Hay muchas razones que apoyan esa resistencia: desde mantener el anonimato de haber estado en una determinada ubicación o de haber expresado unas ideas a una especie de vergüenza innata a ser tratado en público. Inevitablemente, lo quiera o no, toda persona puede ser –y de hecho es- personaje para la mirada observacional. No solo eso, puede ser tan solo un personaje de tercera que no tiene más valor que el de unas líneas que de pasada lo mencionan.
Ese solo formato puede ser ya injusto porque nadie queda nunca totalmente expresado en una referencia corta, tampoco un autor de renombre que se le cita en una de sus célebres frases. Escribir sobre alguien no puede evitar cometer una cierta injusticia al no explicarlo en su totalidad sino solo muy fragmentaria y es posible que, incorrectamente.
La inmensa mayoría de gente que recoge una crónica son personajes secundarios. Muchos y distintos de ellos sin que tengan nada que ver los unos con los otros pueden coincidir en un mismo capítulo por no decir en una misma página. La porción de texto que los refiere puede hacer mas o menos diana en su verdad pero además de esa puede explicar mas o menos la empatía o disintonía que se haya experimentado con el autor que lo describe.
Todos los eventos sociales sin excepción son divisibles entre los aquiescentes y los que pasan por la disconformidad. Nada de lo que sucede nos deja al margen aunque las posturas de la indiferencia simulen a la perfección un alto grado de desinterés. El sujeto más negado para su entorno, más reconcentrado en sí mismo, menos interactivo o más autista no deja de ser material literario con el que permitir el gozo del observador atento a los detalles. Al hacerlo hay algo de la actividad que resuena a espionaje. Cualquier actividad tiene algo de eso: el científico es un detective; el poeta, un escrutador de almas; el artista, un calibrador de colores; el cineasta, un gran ojo preocupado por los encuadres y las imágenes que capten a sus interpretes. En la interacción mundana todos devenimos en observadores de todos. Nadie escapa del campo de observación y todo el mundo puede ser objeto de comentario en unos términos porque gustarle. Puesto que la mayor parte de decires se hacen a las espaldas de los objetos referidos, estos no tienen porque enterarse ni tienen porque verse afectados. Lo mas probable es que cuando se enteren de lo que se comenta de ellos se sientan dolidos por lo que se dice de su persona. El espejo también duele cuando la imagen propia reflejada en él no se corresponde con la autoimago que se cree que impera aunque no sea cierta. No es que todos los comentarios ajenos sean justos, más bien puede ser al revés, la mayoría de ellos pueden ser injustos e incluso caprichosamente lesivos pero nadie puede evitar ser objeto temático de los demás. La frase más absurdo que he oído nunca ha sido la de una amiga de una amiga que me dijo algo así como: te prohíbo que hables de mi a nuestra amiga común. Demencial. Es tanto como decir te prohíbo que sepas lo que sabes y en todo caso lo silencies. En principio un portador de un saber o de una información tarde o temprano la revela, sea en la categoría de fuente de primer orden como aportación de un dato trascendental o sea como simple anécdota, sea espontáneamente o con total deliberación. Es sabido que una misma clase de información que en su contexto inicial es sumamente hipervalorado un tiempo despues es tan relativizada que incluso llega a ser olvidada.
En el arte escrito el autor tiene la potestad de dedicar más o menos rato a los personajes de la vida con los que se va encontrando. Incluso los absolutamente imaginarios o que así son presentados no están tan desligados de los personajes de la vida real con que se ha encontrado y que los han elevado a la función de personajes literarios, algunos de ellos han sobrevivido a la muerte de las figuras reales que en vida permitieron su representación.
El autor mantiene un conflicto latente con su/s personaje/s. Eso ya podía ser teorizado por lo que hace al personaje imaginario en tanto que este cobra una autonomía frente a aquel al que obliga a seguirlo recreando con una lógica de acuerdo con las pautas iniciales de su cuna, pero este no deja de ser un personaje de papel que no va a acudir a los tribunales en contra de lo que diga de el autor o enfrentarlo cuando se encuentre en un espacio público, mientras que el personaje transportado del encuentro físico y/o verbal real al texto puede no estar de acuerdo con la imagen que se da de el y rebelarse reactivamente, independientemente de si es cierta o no esa imagen. Estrictamente hablando el episodio o imagen puntual de una persona reconvertida en personaje literario de un momento dado o de una pequeña suma de momentos no tiene porque corresponderse a la misma persona de un tiempo después o un tiempo antes. El autor que lo trascribe no puede garantizarle la justicia total, ¿cómo hacerlo si tal vez el espacio que ocupa es mínimo en su referencialidad? Filosóficamente hay que decir que una persona no es la misma a la que era en un momento anterior ni será la misma de un momento posterior. Pero la vida cotidiana no funciona con este criterio o ese criterio no sirve para establecer impresiones estables de los demás. Tagore también se apunto a la idea de no poderse bañar dos veces en el mismo rio al compararlo con la vida. Algo semejante ocurre en no poder entrar dos veces en la misma persona cada vez que te la encuentras. Esa verdad de tipo molecular no impide que nos hagamos representaciones estables de los demás tal como los vimos, los interpretamos o los vivimos en un momento dado sea por sus trastadas, sus autismos, sus ignorancias o también por sus elegancias, sus deferencias o sus contribuciones.
En una pulsión divisoria de todo lo que nos acontece entre un sí y un no podemos dividir las situaciones entre aquellas que con las que podemos guardar una aquiescencia y aquellas otras con las que se da una disconformidad. Tan pronto la galería de personajes que el autor cita predominan de una clase o de otra se inferirá donde está la indisposición si en los sujetos retratados o en el sujeto que los retrata. Bastará una simple técnica previsora basada en un cálculo de reparto para que el autor de la imagen de una ecuanimidad entre unas y otras. Sin embargo la técnica narrativa que articule criterios a priori en este sentido doblegará la narración a su falta de honestidad. En la novela de ficción sí es posible sin atentar a ninguna ética dividir los malos y los buenos según la trama pensada, en la crónica real los personajes vienen dados y numéricamente repartidos a partes desiguales según los va arrojando la realidad misma. El autor finalmente solo es el observador neutro que puede poner más o menos tinta en cada uno de ellos según el impacto ocasionado. Posiblemente el personaje adverso genera más necesidad descriptiva y discursiva, para, de alguna manera, desembarazarse del regusto de él, que el personaje aquiescente. Podríamos decir que la mala suerte de tropezar con un malvado o un tipo no ético, o un violento, o un despótico necesita de la compensación de tratar con otras diez personas que nos devuelvan a un referente de normalidad tranquila y apacible para sacarnos de encima el tropiezo tenido con aquel. El personaje adverso tal vez genere más cantidad literaria que el coincidente. De alguna manera el autor lo castiga dedicándosela a la vez que denuncia comportamientos que todavía existen. Cuando llegas por primera vez a un país casi la primera representación que tienes de él son sus funcionarios de frontera y de aduana. Sin duda dan una visión sesgada de la cultura de aquel país pero son desde luego parte de esa cultura que, en el caso de que sea chusma malcarada, prepotente y desagradable, esperas que no se reproduzca en el interior del mismo. En efecto necesitas unas cuantas horas y unos pocos días para contrarrestar su efecto deplorable con el de nuevas personalidades amables y comunicativas con las que te encuentras, pero la cosa no va de 1 a 1, tal vez la ratio sea de 1 a 10 por decir algo. Por cada personaje grotesco psicológicamente el viajero, o el explorador, necesitan encontrar otros 10 que le quiten la pesadilla del anterior. La elaboración no puede ajustarse a un criterio numérico de este tipo y bien puede suceder que en la crónica de lso eventos tal como se van dando la ratio sea fifty-fifty. Muchos contactos humanos son puntualísimos, se quedan en ellos y no van a más. No, no es exactamente correcto. Hay que decir que la inmensa mayoría de contactos humanos forman parte del paisaje, dejan una impronta leve en la memoria a corto plazo o ninguna. Tan solo una minoría pasan a coincidencias posteriores y a una relación. Eso hace que la mayoría de impresiones de los demás, de la realidad en su conjunto, se deban a encuentros superficiales pero suficientes como para no desear desarrollarlos más. El traspaso del personaje esporádico al texto escrito tiende o tendrá en correspondencia el espacio físico en número de caracteres correspondiente al evento que ha encarnado. No necesariamente el personaje terciario queda ventilado con un par de líneas. Un desconocido avisado en una sala de espera o cruzando un semáforo puede, tal vez, dar más para escribir, dependiendo de sus características personales y gestualística, que el vecino con el que se coincide cada día en el ascensor. La literaturidad de cada tipo depende no solo de su perfil o gesto sino de su intérprete y lo que le hace desencadenar a nivel de imaginario o de potencial creativo. La literatura es esto: una re-creación en un espacio y soporte distintos de aquello que se ha percibido. Al hacer este salto necesariamente se comete una traición. No es solo la sensación del autor de sentirse traidor sino la real evaluable de serlo, al no respetar a la figura retratada en si misma, es decir en su superficialidad, sino en buscarla en todos los escondrijos que encierre. Si traducir un texto de un idioma a otro comporta la traición (tradutore, traditore) ¿cómo no va a serlo pasar algo del paisaje real al paisaje recreado literariamente? No es que haya una intencionalidad perversa en ese sentido (que tampoco se puede descartar en escritores no honestos como Pernau tratando a Jane Fonda de puta por citar una notaprem que ahora recuerdo) sino que hay una imposibilidad de una objetividad inmaculada.
En el análisis de personajes el autor menos severo puede encontrar defectos de todo tipo ante los que puede optar por poner en primer plano o no. La diferencia entre el espejo y el microscopio electrónico es que son distintas miradas de acercamiento al objeto observado. El escritor también tiene distintos grados de aproximación a su objeto. Puede entretenerse o no en cada uno de sus personajes en función del contexto en los que lo inserta. Una crónica de viaje puede citar muchos nombres de lugares y personas y no profundizar en ninguna y en cambio un diario personal mencionar a muy pocas y desarrollar visiones con una intención de máxima profundidad. En ese proceso cronicial el autor también deviene objeto literario y personaje de si mismo con lo cual, dependiendo de su transparencia y honestidad objetiva, se pondrá al descubierto en lo que es y no en lo que le gustaría ser. No hay nadie sin defectos sin embargo hay estrategias vivenciales y convivenciales para disimularlos o al menos disculparlos. Nicholas Boilaeau –Despreàux dijo que procuraba ser siempre muy puntual porque los defectos de una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien le toca esperarla.
A groso modo en el texto reportaje que refiere gente escribirlo al gusto de todos los citados va en contra del reportaje mismo. Si es de una verdad de la que quiere tratar los mismos personajes que se colocan del lado de ocultarla van a ser automáticamente adversarios. Le pasa también al fotógrafo que capta una instantánea de judíos ortodoxos que justo en el momento de hacerla todos ocultan su cara de alguna manera. Basta un pie de foto simple señalándolo para incrementar en un puñado la lista de enemigos.
El escritor que quiere enfrentar una crónica objetiva al gusto de todo el mundo será otra cosa pero no un escritor. El escriba histórico que acompañaba al emperador en sus marchas de conquistas o grandes hazañas era el encargado de levantar acta objetiva de los hechos pero no siempre los hechos favorecían a su amo. Es posible que entre el uno y el otro ya surgieran discrepancias aunque no pueda citar ningún antecedente de ello. Tan pronto el escritor además de inventariar listas de hechos o de especies se pone a pensar o decir lo que piensa se convierte en un peligro potencial para todos si no obedece a más amo que a su propia conciencia.
Detrás de un dictado formal de cómo escribir y de qué manera hay que tratar a los personajes referidos, por tanto micro biografiados, suele haber un tipo de censura moral encubierta. Samuel Beckett ya dejó dicho que los moralistas con personas que se rascan ahí donde a otros les pica. La literatura es el arte que más problemas tiene al tratar con la verdad en particular cuando la personaliza en personajes concretos a los que cita por sus nombres. Todas las demás artes a excepción del videdocumento, pueden tratarla con una cierta nebulosidad que deje la interpretación a la inferencia. Nadie queda a salvo de convertirse en un personaje citado desde el momento que existe y pasa por el campo de observación de otro que lo describe tan solo viéndolo o además tratándolo. Es difícil que puesto en el ojo de mira ajeno un sujeto se sienta absolutamente complacido si el que mira ha tenido la total libertad para expresar lo que ve y sabe. Sea lo que sea lo que se haya escrito sobre alguien o algo es el tiempo el que permite en triunfo de la verdad ratificando o desmintiendo lo dicho. Baltasar Gracián recordó que el tiempo es el gran médico por viejo y experimentado. Todo lo que podemos decir de los personajes es que están ahí, ocupan un instante de la crónica, se concatenan los unos a los otros aunque no se conozcan entre si, y configuran la parte humana de una situación descrita. Van de paso por sus vidas y mucho más por la o las crónicas que los refieren. Los que están acostumbrados a ser tratados en letras impresas terminan por aprender que no pueden condicionar sus vidas por lo que se diga de ellos, pero esa es una conclusión a la que también se llega antes de ser un objeto literario en manos de alguien que escriba sobre uno. Oscar Wilde dijo que lo único que se sabe de la naturaleza humana es que cambia. También sabemos las maneras y las razones por las que cambia, pero sin duda hay un enorme contingente de personajes con los que un autor se encuentra sobre los que no puede describir sus misterios y limitarse a constatar su escena también cuando no favorece al personaje citado y al hacerlo se arriesgue a perder la relación posterior con ese sujeto. No en vano varios de los personajes de la vida cotidiana con los que hay tropiezos y chispas al pedirles su nombre niegan darlo para no ser publicados en sus arrebatos. La experiencia de escribir una crónica crea tanta mas conflictividad potencial cuanto mas cuota de participación pública se de. Es completamente distinta la experiencia de un diario personal privado que no se publica a una crónica que regularmente queda instalada en un blog en forma de confidencialidad compartida . Siempre se puede optar por no escribir crónica y limitarse a personajes enteramente de ficción, algo de lo que no dudo muchos novelistas optan por no enfrentar directamente situaciones de la vida presencial con las que están envueltos.

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