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Utopía en Marcha
La invocacion del sueño utópico ha ido quedando para la literatura mientras que el disfrute de la vida alternativa va pasando por la capacidad de transgresión subjetiva de cada idealista.

18/10/2007 GMT 1

El hombre de la jaula.

utopiaenmarxa@hotmail.com @ 16:36

En un país indeterminado, en una época brutal.
Un hombre es condenado a una de las peores penas máximas: morir por inanición. El protocolo pasa por encerrarlo en una jaula levantada a unos palmos del suelo. Tal habitáculo está suspendido en el aire a un metro o un poco más sostenido con unas cadenas, eso es en la plaza principal. Todo el mundo puede hacer lo que quiera con él: escupirle, insultarlo, asustarlo, maltratarlo,.... El cubículo es de seis costados iguales con dos metros de lado por cada uno. Es sometido al pueblo para que lo injurie, lo escupa, le tire piedras o lo ensarte con varas.
Está de suerte, otras ejecuciones era con camisas de hierro que envolvían el cuerpo sin permitir ningún movimiento corporal. En la reja un cartel: Condenado a morir por ultraje al poder. Objeto de desprecio. La jaula no es custodiada. Todo el mundo da por descontado que a los pocos días morirá por deshidratación, por hambre, por insolación. No es la primera vez ni será la última que la gente podrá ver con sus propios ojos como es la muerte. El espectáculo es horrendo pero forma parte de la memoria colectiva. La tradición lo manda así. Todo el mundo saber que un reo en estas circunstancias al poco tiempo se convierte en un pellejo del que no quedará nada. Esa es la ley, y ese es el castigo. Desde tiempos inmemoriales se ejecuta. Nadie lo ha puesto en tela de juicio. Algunos comentarios en contra han sido por el hedor que desprende el procedimiento, algunas madres impiden que sus hijos vean al reo, no se han oído voces en contra de este horror. El reo merece lo que tiene. Se ha atrevido a impugnar al propio rey, el elegido de los dioses.
El hombre es llevado encadenado de pies obre un carro. La jaula le espera. Antes de meterlo dentro le quitan los grilletes. Su tortura ira en aumento. Los más jóvenes zarandean su habitáculo. Golpean con palos el metal. El trata de sostener el equilibrio como puede, sortea algunos golpes otros resuenan dentro de su cuerpo. Por el suelo de la jaula también introducen cosas cortantes. Después de unas horas de escarnecerlo, el populacho se cansa y empieza a desaparecer. Durante todo el rato los soldados que han custodiado la comitiva hasta su emplazamiento para morir se han mantenido serios y callados con sus yelmos relucientes y sus miradas por encima de las pasiones mundanas. Todos saben que ningún reo ha sobrevivido a ese castigo a pesar de que siempre existe la remota probabilidad de que algo lo salve.
No parece un hombre afligido. Sabe que va a morir. Preferiría una muerte rápida, pero el destino le ha reservado para algo peor. En otra época crucificaban a la gente, a otros les descoyuntaban los huesos, a otros les desventraban y les clavaban los intestinos a un poste. En todas las ocasiones los dejaban vivos para que sufrieran el máximo de tiempo. El hombre de la jaula está al corriente que antes dejaban en jaulas de hierro cabezas de decapitados que se habían revelado contra el poder. El es encerrado por entero. El emperador está muy enojado con él y quiere advertir a todo el que le levante la voz o la mano que eso es lo menos que le puede posar. Tras las horas de diversión en las que el gentío se cansa y disipa cae la noche. La frescura le da un cierto consuelo, la soledad le trae recuerdos. El había sido labriego, tuvo tierras, ganado, tuvo una familia. Se opuso a pagar los tributos, los diezmos. Fue el portavoz de otros campesinos como él. Lo encarcelaron y condenaron. Simularon un juicio. El hombre en realidad no hizo nada salvo negarse a pagar lo que era suyo. Dijo que si el rey no le daba nada a él, él no tenia porque darle nada al rey. De todas las insolencias nunca se había oído una igual. De aquí un castigo ejemplar para que nadie jamás nunca se atreva a cuestionar el poder constituido.
-¿que has hecho? – le pregunta una voz en la oscuridad-
-qué te han dicho que he hecho? –contesta el reo-
-has agitado al pueblo con falsas ideas, le has hecho creer en otra clase de vida
-Así es.
-¿y no te arrepientes por eso?-
-No
-¿Sabes que vas a morir?
-Lo sé. Todos creen que merezco la muerte y que soy su enemigo.
-¿Y no lo eres?
-Debo de serlo desde el momento en que así lo creéis.
-¿por qué no haces nada para defenderte?
-La suerte está echada: la mía es la de morir. He vivido ya demasiado tiempo.
-Eres todavía un hombre joven. Podrías vivir mucho tiempo más. Pareces inteligente.
-Soy el que soy, me basta con saberlo yo.
-¿No te apetece que sea tu amiga?
-¿Para qué? No voy a poder corresponder a tu amistad.
-Así morirás en paz.
-¿qué buscas? ¿venderme algún pasaje a la vida eterna?
-¡Nada de eso! Solo quiero acompañarte en tu aflicción.
-Estupendo. Eso me consuela enormemente.-contesta sin disimular su ironía-
-Verás yo no soy como los demás. No creo que todos los condenados seáis culpables.
-Me alegra abandonar este mundo sabiendo que queda al menos alguien que piensa. ¿Cómo te llamas?
-Olga ¿y tú? Solo se te conoce por el rebelde.
-Galo. ¿Cómo estás aquí a estas horas?
-He salido de casa. Mis padres no saben que estoy aquí. He esperado a que todos estuvieran acostados.
-¿No te da miedo que te descubran?
-No, mi suerte también está echada. Me avergüenzo de mis padres. Tanto mi padre como mi hermano han formado parte de la chusma que te insultaba esta tarde al ser traído hasta aquí.
-No debe ser fácil vivir con ellos teniendo puntos de vista tan distintos.
-Para nada. Nunca he tenido ninguna conversación autentica y entera con ninguno de ellos. En mi casa abundan los gritos y las órdenes.
-No tengo ninguna otra cita. Puedes hablar conmigo: y mi lecho es incómodo para dormir. –dice mostrando las barras de hierro peladas-
-Te he traído una manta. Me he informado, la ley lo permite. No está prohibido darte conversación. El estado considera que así aprenderemos a no tenerte como modelo.
-En efecto, la ley permite dar de comer, de beber y cuidar al enjaulado porque considera que eso no representa ninguna carga para el estado. Además está tan seguro de la sumisión del pueblo que no cuenta con que los reos reciban gran ayuda.
-En realidad si yo te cuidara no tendrías porque morir... –dice la chica con ternura-
-Pero tampoco podría vivir aquí dentro para siempre. Moriría de suciedad y de tristeza. No hay peor enfermedad que la pérdida de libertad. Es preferible una muerte rápida.
-Mientras estuvieras encerrado las leyes podrían ser revisadas y cambiar.
-Eres una chica valiente, idealista. ¿Cuanta gente como tú hay en esta ciudad? ¿A cuantos conoces?
-Creo que puedo contar con alguien.
-Bien, ya me informarás de tu plan de solidaridad.-responde el hombre siempre en su tono irónico-
-No es difícil, nos podríamos turnar unos cuantos para cuidar de ti.
-Me siento halagado. ¿Pero por qué tanto empeño en mi?
-Sé que eres inocente. Se de mucha gente que está en contra de los tributos pero no se atreven a no pagarlos.
-La cobardía es lo que vence a todo el mundo.
-Yo soy valiente
-ya lo veo, eres la primera persona que me habla como un ser humano, los demás me han tratado como a un animal de carga. Llevo meses encarcelado, todo ese proceso cargado de injurias me ha agotado.
-Me he dado cuenta de eso. He estado llorando a causa de ello y por ti. No podía conciliar el sueño por eso he venido a verte.
-La conciencia y el coraje te han traído hasta aquí. Te expreso mi admiración.
-No, solo creo que no soy tan cobarde como los demás.
-Eres un ángel
-Soy tu ángel.
-Ya puedes decirlo. Solo puedo contar con tus alas para volar.
-Resiste. Te sacaré de aquí.
-No me des esperanzas. La falsa esperanza puede ser el peor de los crímenes.
-No te des por muerto. No necesitamos un héroe, necesitamos un ser vivo para que nos capitanee.
-¿De donde has sacado éstas ideas en una familia ruin?
-He leído, he escuchado, he pensado…
-Todo lo que se necesita saber esta dentro de cada ser humano, pero nadie escucha su corazón.
-Para ser un campesino, hablas como un filósofo.
-La filosofía está en cada rincón de la vida. Los sabios se ocultan para no ser ajusticiados.
-¿Pero existe la justicia?
-¿Y lo dudas?
-Yo creo en el bien supremo de ella, en el ideal.
-Tú eres todavía una niña.
-Y tú te das por vencido.
-¿Cómo no hacerlo? Ves en que situación me encuentro –dice Galo en un ademan mostrando los barrotes que lo encierran-
-No permitiré que me contagies de tu pesimismo, pero tampoco renunciaré a mi misión de salvarte.
-Te ayudaré a que seas una heroína dejando que me salves.-insiste en su sarcasmo-
-¿No tienes amigos?
-Los amigos desaparecen cuando tienen que comprometerse por ti.
-Yo tengo un par de buenos amigos, ya te lo he dicho. Estamos confabulados por instaurar un mundo mejor.
-Suena bien.
-¿Te ríes de mi?
-Me alegro por ti Olga, por tus sueños, por tu ternura, por tus deseos de otro mundo.
-Sí, creo que todo eso lo tengo. Y lo seguiré teniendo en mayor dosis para darte la parte que a ti te falta.
-Confío en que hagas bien la suma y el reparto.
-Confía en mí. Lucharé por ti.
-Eres un sol.
-Espérame
-Aquí estaré, vivo o muerto.
Olga desapareció en la oscuridad. Galo se quedó pensando en la conversación. Completamente distinto a otros que se acercaron a la jaula durante el día para acusarlo, para maltratarlo, para pegarle, para chillarle. No eran los alguaciles o los verdugos, era la gente del pueblo, gente como él, trabajadores de la tierra, desarraigados, miserables.
Galo estaba atrapado, no solo porque estaba encerrado entre hierros sino porque ahora su mente debía cobijar dos pensamientos: el des su próxima muerte y la posibilidad de escapar convida. ¿Pero cómo confiar en una adolescente con sueños de grandeza? Por otra parte, ¿escapar hacia dónde? ¿para qué? El se había equivocado doblemente naciendo en un lugar y en un tiempo erróneos, metido en la condición humana que era una de las peores especies animadas.
Antes de amanecer otra voz.
-Te he traído esto –dijo la voz acercándole comida- Olga dice que debes comer y mantenerte fuerte. No sabemos cuanto tiempo necesitaremos para sacarte de aquí.
-Sois la tentación de la vida. Comeré.
-Somos más de los que creemos los que están en contra de tu martirio. Es inhumano. Además,…tú eres buena gente, nunca has hecho daño a nadie.
-El poder no necesita buena gente, necesita esclavos con un nombre u otro.
-Lucharemos por ti, estamos conjurados en esta misión. Mucha gente no estuvo ayer en la plaza para humillarte, y no vino por vergüenza ajena. A mi me contaron el maltrato que te dieron.
Durante todo el día siguiente, Galo siguió siendo motivo de escarnio de muchos. La gente sin embargo no opinaba toda igual. Una prefería no sufrir aquel espectáculo y evitaba pasar por la plaza, otra pasaba pero con la cabeza bajada como avergonzándose de lo que hacían sus conciudadanos con aquel pobre hombre. Había quien incluso amonestaba a quienes le insultaban.
-Dejadle en paz, no os ha hecho nada.-oyó a los dos días a plena luz del vida una mujer que increpaba a criaturas agresivas le tiraban piedras e insultaban. Galo mantenía su posición tratando de esquivar objetos que le pudieran dañar.
El grupo de ayuda escribió proclamas por muchas calles. Liberad a Galo. Galo no ha cometido ningún crimen. No dejéis morir de hambre a Galo.
Los días iban pasando y a la jaula del reo fue llegando de todo: alimentos, telas con las que protegerse del sol del día, con los que cubrir su intimidad, maderas con las que hacer un suelo, agua y objetos para su higiene. Galo recibía cada muestra solidaria con sonrisas y palabras de agradecimiento aunque sabía perfectamente que aquella situación no permitirían que se prolongara por mucho que la ley aceptara el gesto caritativo del pueblo. Al principio los poderes locales creyeron que pronto la gente se daría por vencida y desistiría de ayudar al condenado. También sabían que este mismo se resignaría al destino que le habían preparado.
Cuando aquella sentencia estaba durando más de lo previsto hubo una reunión de concejo.
-Eso está durando más de lo previsto. El hombre de la jaula sigue con vida y no parece que esté dispuesto a morir. –se dijeron los poderosos del lugar-
-Debemos acatar la ley dijo el más legalsita. La ley condena al enjaulamiento pero no puede prohibir que el pueblo lo alimente. Técnicamente podria estar viviendo toda la vida ahí, sería el resultado de la decisión popular.
-Al admitirlo seria contraponer el poder del pueblo al poder del estado.-dijo una voz alarmada-
-Debemos ajustarnos a la ley.
-Todos sabemos que el condenado si está como está es porque no ha hecho más que reclamar sus derechos. Lo cierto es que la corona explota todo lo que puede al pueblo más allá incluso de sus recursos. La ley solo se ha hecho para que su asesinato parezca lo mejor para todos.-dijo un concejal ya viejo y cansando de las formas de mentir que los estados tienen para con sus pueblos-
-¿No querrás que todos compartamos esta idea? Tenemos una idea del orden.-dice otro escandalizado por la opinión anterior-
-en efecto tenemos una idea del orden establecido y estamos dispuestos a sacrificar toda justicia por ese orden. Siempre que se prioriza el orden a la justicia nos encontramos ante una tiranía.
-Creo que deberíamos envenenarlo.-dice un tanatafílico-
-No, alguien podría sospechar y pedir una revisión del caso.
-Su vida no vale nada. El lo sabe, podemos comprarlo a cambio de una muerte rapida. Es mejor así. El lo aceptará. Debe morir porque si vive generará falsas esperanzas al pueblo haciéndole creer que se puede burlar la orden todopoderosa del reino.
El concejo aprobó esa última medida. Enviémosle un ultimátum: su vida por su honor.
-Llevas encerrado unos cuantos meses. –le dice un emisario- Otros condenados a la misma pena sobrevivieron pocos días. Tu caso es especial ¿quieres quedarte encerrado siempre aquí? ¿quieres vivir toda una vida sin poder hacer nada? ¡Abandona!. ¡Muere! Debes dejar libre el espacio para que todo el mundo recuerde que cualquiera puede ser el nuevo inquilino si desobedece. Tú ya no lo necesitas. Eres un cadáver. Antes o después morirás. Esta euforia de solidaridad no va a durar siempre. El invierno está al llegar y la gente dejará de traerte alimentos y calor.
-No te falta razón. Los asesinos siempre encontráis alguna razón.
-Yo tan solo soy un servidor del estado. Ni siquiera he formado parte del tribunal que te ha juzgado. Ni siquiera se quien eres ni he seguido tu caso. Solo soy el emisario. No tengo nada personal en contra tuya.
-Los emisarios siempre encontráis razones para ser portadores de las peores noticias.
-Te proponemos un trato. Muere pronto, mátate y a cambio restableceremosel honor de tu nombre. Tus propiedades serán devueltas a tus herededos,dentro de unos años tu nombre será rehabilitado. Tus hijos no tendrán que llevar la pesada carga de soportar tu apellido maldecido mientras vivan.
-¿Ni siquiera dejais que me apropie de mi muerte? ¿Qué es toda una vida en comparacion a la memoria que pudiera dejar?
-No seas iluso. Eso no puede continuar. Deja de aceptar la comida de quienes te la traen. No les dés falsas esperanzas ni les hagas creer que eres su héroe. ¿No ves que en el fondo el vulgo te utiliza para tener algo en lo que creer? Solo eres cenizas esperando descomponerse.
-¿Acaso crees que tú no eres también un amasijo de cenizas con una forma en movimiento que antes o después desaparecerá?
El mensajero se va vociferando algo en contra del reo por no entrar en razones. Las conversaciones entre un represor y un reprimido, entre un verdugo y su reo siempre dan mucho de sí. Lamentablemente el autoritarismo de uno no le permite seguir con la coexistencia de discursos a los que se diera a lugar.
Galo siguiendo metido en su jaula, un mes y otro. La gente solidaria se incrementó. La cantidad de comida en su cubículo fue creciendo en tal magnitud que él podía regalar aquella que era más perecedera para que no se echara a perder. De boca a oído la gente de la región fue enterándose de su caso y no había día que no llegaran curiosos y visitantes de otras ciudades para verlo y hablar con él. Casi todo el mundo se despedía de el con augurios y con el grito de ¡resiste! También llegaron emisarios de la corte para tratar de convencerlo de morir. Para ese momento Galo sabía que su acto de resistencia estaba poniendo en un aprieto a todo el estado. El, un solo hombre, con la libertad arrebatada y sin poder hacer nada estaba poniendo en jaque a todo un estado. Llegaban compañeros y vecinos a todas horas para darle comida y conversación. La jaula se embelleció de guirnaldas, de esencias, casi permanentemente tenia compañía, Sin darse cuenta su nombre fue dando nombre a una leyenda. Los hábitos de la ciudad de martirio fueron incluso variando por causa de él. La gente ya no se recluía en sus casas tan temprano, al anochecer lo acompañaba, las conversaciones se hacían largas y ricas en anécdotas y en temas de toda clase. Con el invierno y las condiciones de frio, los vecinos se turnaban para alimentar fogatas con las que soportar las duras temperaturas. Olga estaba detrás de todo este movimiento. Había organizado lo que en el futuro llamarían red de apoyo.
-Lo estamos consiguiendo, sigues con vida.-le dijo cuando ya llevaban meses de conversaciones y de confidencias-
-Sí, lo estáis consiguiendo, Me mantenéis con vida.
-Nosotros y tú. Tú eres vital, íntegro, hermoso.
-tú eres la heroína. No solo te debo la vida, te debo volver a creer en el género humano. El día que me trajeron aquí y desde todo el cautiverio que pasé anteriormente comprobé la estulticia humana, sus mentiras y su gran capacidad de muchos para hacer sufrir a los demás. Estaba seguro que no tenía sentido tratar de vivir en un mundo tan cruel. Ahora parece que lo es menos con gente bondadosa como tú. De hecho, desde que soy un prisionero y no dejan que me mueva estoy aprendiendo otra dimensión de la vida, acceso a experiencias nunca antes sospechadas, he descubierto sentimientos antes no conocido.
-Te amo, lo sabes bien. No solo eres el héroe de los represaliados, eres un encanto, sabes mucho, nos enseñas a ser más humanos.
Galo se pasaba las horas leyenda y las que no conversando. Ya llevaba casi un año metido ahí, alrededor de su jaula se habían establecido algunos puestos fijos para abastecer de agua y de alimentos a viajeros que venían de lejos a visitarle. La presencia del enjaulado hizo que se levantara una primera casa de lo que con el tiempo llegaría a ser un barrio con nombre distinto.
La corte ocupada en sus farras y el reinado en sus guerras con otros países a los que ir a esquilmar no trató debidamente la cuestión del reo y sin advertirlo fue dejando pasar el tiempo hasta convertirlo en una leyenda nacional. Su leyenda complacía incluso a algunas damas de la corte que hacían comentarios jocosos al saber que el enjaulado a través de los barrotes tenía amantes. Su leyenda salió más allá de los límites del país. De otros condados y regiones vinieron a visitarlo. También se vio alguna vez alguien discreto dentro de un carruaje para verlo con sus propios ojos. El hombre de la jaula tenía buena salud e iba a vivir años. Olga y los suyos no consiguieron sacarlo de ahí. Sus manos de ternura no estaban preparadas para cortar los gruesos barrotes. Además el tumulto entorno a la jaula justificó la presencia permanente de una escolta con el pretexto de que no hubiera altercados públicos, aunque la normativa era dejar el enjaulado en total soledad.
Fueron pasando los años. Galo era conocido en el país entero y en otros limítrofes. El reo realimentado por el pueblo entero hizo pensar en el serio peligro para sus privilegios que en un momento dado podía suponer la solidaridad humana. Nunca le faltaba de nada. Nadie le insultaba. De palacio ya no llegaron más mensajeros para disuadirle de vivir. Todo el mundo sabía que habían encadenado a un sabio. En torno a su jaula se reunían las gentes cada día para escuchar sus palabras. El estado trataba de cambiar la ley para que aquella situación no se prolongara por más tiempo. Las facciones de poder estaban enfrentadas: unos pedían liberarlo y reconocer el fracaso de esa ley, otros endurecerla y decir que tras un periodo de tiempo si el reo no moría por inanición tendría que serlo por decapitación o por horca. Mientras los de arriba no se ponían de acuerdo, Galo siguió haciendo su vida entre aquellos barrotes. Fueron pasando los años, los amigos de Olga, casi niños cuando fue condenado, se hicieron hombres, fundaron familias, alguno incluso accedió a puestos bien relacionados con la cultura y la posición social. Muchos vecinos que conoció Galo y que pasaron delante de su cárcel fueron muriendo, incluso los que le humillaron y compusieron su tribunal, algunos fallecieron. Galo siguió en su jaula, siempre con el mismo semblante, hablando a través de su prisión. La palabra fue lo que nunca consiguieron arrebatarle. Con ayuda de la gente que más se preocupaba de él y más lo quería consiguió que se editara un libro que circuló por todas los ojos que pudieron leerlo. Un libro sobre la vida y la muerte, sobre los individuos y la sociedad, sobre los reyes y los miserables. Pronto fue perseguido y quemado, pero cuanto más se destruya más copias se hacían y mayor era su fama. Este libro pasaría a la historia del país como uno de los textos fundamentales que iluminarían la revolución que se estaba preparando.
Su esposa y sus hijos muertos de vergüenza por lo sucedido jamás le visitaron en su celda, aunque como todo el mundo estarían al corriente que seguía sobreviviendo. De todas las penas que tuvo que soportar Galo, la de la incomprensión de la gente de su propia sangre fue la peor. Pasaban los años y Galo se fue convirtiendo en uno de los nombres más conocidos. La suya fue la última jaula ordenada por el poder. Cuando habían pasado algo más de los tres primeros años de su cautiverio, en una de las muchas reuniones del Concejo Local, incondicional de los edictos reales tuvieron otra reunión en exclusiva, otra más, para hablar del caso.
-Nuestras previsiones han fallado. Ya son tres los inviernos en los que el reo ha sobrevivido y nuestros informes son que no padece enfermedad alguna y que físicamente cada día hace ejercicio para mantenerse en forma. No le falta de nada, sus amigos aumentan día a día y ha habido varias tentativas espontaneas de liberarlo, en alguna de los cuales la guardia mató a civiles. Eso apenó muchísimo a nuestro reo y exigió al pueblo que nadie más muriera por él.
-Sí, su prestigio es enorme. Nuestro reino es más conocido por un vulgar reo que por sus principales figuras artísticas y políticas.
-Nos encontramos con un gran problema ante el que propongo una solución folclórica. Convertirlo en una muestra de benevolencia del estado al dejarlo vivir sin trabajar. Podemos aliviar su sufrimiento: descendiendo la celda a nivel de suelo y ensanchado sus medidas.
-¿Por qué no emparedarlo? Los traidores merecen la muerte –dijo un concejal anclado en las formas más tiránicas del pasado sin haber comprendido que corrían otros tiempos-
-No, el reo ha vencido toda la institución represiva. Ha generado un movimiento de apoyo nunca antes conocido. Mantengámoslo en vida para que sea una antigualla del sistema y para que la gente pierda tiempo en irlo a venerar. Hagámoslo mártir-santo y así la gente no se ocupará de sus miserias.
El concejo alivió la vida de Galo. En ese momento supo que había vencido la primera batalla. No tratarían de envenenarlo más veces. Por otra parte los nuevos condenados a muerte desde su enjaulamiento lo habían sido por procedimientos rápidos y a puerta cerrada, tras comprobar que el pueblo no estaba para satisfacer a los verdugos y poderosos sus espectáculos de muerte haciéndoles de claca.
Fueron pasando los años, por la jaula de Galo pasaron cientos de miles de personas, tal vez millones. No había día que no se le encontrara hablando. Tanto por la mañana como por la tarde como por la noche, él constituía el espectáculo. En ocasiones la plaza entera estaba llena de atentos fervorosos de lo que decía. Para que su palabra no fuera prohibida desarrolló un método metafórico de discurso que solo los iniciados podían entender más. Todo cuanto decía era transcrito a enormes legajos que enviados de palacio tenían la misión de escribir para luego someterlos a la consideración de los tribunales y los funcionarios pro si el hombre incurría en alguno de los delitos. No podía prohibirle la palabra puesto que el estado ya había entrado en una época que estaba interesada en pasar por humano y civilizado.
Con sus discursos se hicieron muchos libros, de su cara se hicieron muchos dibujos, de su cárcel y su aventura, canciones y poemas. No había nadie con un mínimo de sensibilidad a mil kms a la redonda de donde encontraba que no sintiera el deseo de visitarle. Su jaula se convirtió en uno de los sitios más visitados del mundo.

Cuando ya era muy anciano, por fin salió el edicto de una nueva ley: liberar a todos los condenados que superan los 80 años de edad para que fueran a fallecer a su casa.
Abrieron la jaula del hombre enjaulado.
-eres libre, puedes irte –dijo la voz de uno de tantos funcionarios que aprendió a amar a ese hombre desahuciado pero jamás derrotado, condenado pero jamás rendido, encarcelado pero jamás destruido-
-No, no puedo irme, quiero quedarme –contestó. Este es mi lugar. –Galo no tenía ninguna casa donde ir. Permaneció en el mismo lugar, en la misma plaza en la que había pasado la mitad de su vida, aunque demolieron la celda para que no quedara recuerdos de ese nefasto periodo de la historia de un país que seguía basando el orden en la represión.
Las asambleas diarias continuaron. El continuo hablando a las gentes, también a sus antiguos carceleros, a los del concejo, a los del poder que se acercaban para escuchar a aquel extraño hombre, adornado de una larga cabellera y barba blancas, filosofar sobre la vida y la muerte, sobre el perdón y la reconciliación, sobre hacer un mundo nuevo con las cenizas del viejo. Olga iba cada día. Olga se había convirtió en su compañera inseparable. Tuvo hijos de él. No fue la única mujer del pueblo y de otras partes que los tuvo de él.
No se sabe el final de esta historia. A Galo no se le conocía ninguna casa. Siempre estaba en aquella plaza entre el empedrado y los árboles. Entre el amanecer y la noche cerrada. Un día la gente fue como de costumbre a media tarde para escucharlo pero Galo ya no estaba, nadie supo dar noticia de él. Ni siquiera Olga ni sus hijos. Había dejado dicho que cuando presintiera su fin cerca se iria y había pedido que nadie le siguiera, que nadie le buscara porque ya no lo encontrarian. Jamás soportaría que lo idolatraran, que lo santificaran. A pesar de eso la comunidad levantó justo en el lugar donde estuvo tantos años su cárcel una escultura conmemorándolo con una placa que dice:
Aquí vivió durante muchos años un hombre que demostró que no hay prisión que impida la libertad del pensamiento, no hay condena que agote la esperanza humana, no hay sufrimiento del que no se aprenda y no hay mayor héroe que quien no renuncia a la verdad.

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