Entre el Poema y su Poeta.
Habría que diferenciar entre poema y poeta. La figura específica de éste no es un matiz específico de su género literario. Tiene antes la categoría de artista que la de ilustrado.
Siempre y en todas partes hay que diferenciar entre autoría y producción, entre la parte elaborante y el objeto creado o insertado en un más allá, aunque inmediato, que ya tiene vida propia y un grado de separación de quien lo ha creado. Es la tradicional división entre "el autor y su obra" según rezaban los cánones clásicos en la estructuración sumarial de los textos biográficos.
Y hay que diferenciar también entre poesía y discurso emocional. El poema puede ser un instante que resuma cientos de horas individuales, o la elaboración sangrada y lenta que sintetice epopeyas de épocas, colectividades y pueblos enteros.
El poema, es en todo caso siempre hitos al lenguaje y a la lengua. Es la avanzadilla del metalenguaje. El pronóstico de sucesos y la descripción, siempre un poco más lejos, de las formas de los momentos.
Un conjunto de poemas escritos y reunidos en un dossier de páginas troqueladas y juntadas por anillamiento son alianzas de futuros eternos, en un ritus implícito, donde el papel perforado con la correspondiente herida temeraria que se lleva por delante sílabas demasiado próximas al borde del soporte, queda para otra temporada de elaboraciones ociosas y formales, que permitan correcciones ortográficas y presentaciones documentadas. Algunas veces un poema traspapelado, metido como hoja doblada dentro de un libro, o para los coleccionistas más curiosos, dentro de una caja, es un congelado curioso, que al paso del tiempo su relectura puede cruzar todos los túneles del tiempo y traer a colación emociones antiguas nunca del todo perdidas.
Las experiencias que he tenido trasladando manuscritos a la dimensión digital no se han reducido al trabajo técnico de la corrección y de la tecnografía. Han supuesto también buceos por momentos en los que transité en cuerpo y alma. La lectura de un antiguo poema me lleva al retrato emocional de cuando fuera escrito. Me reencuentro entre sus palabras. Tiene más valor que contemplar una antigua foto de la que comentas aspectos físicos y sonrisas. Un poema es un retrato del alma para el que no hay cámara, ni siquiera kirlian, que la pueda capturar al detalle.
Por ahora en el juntamiento de léxico aparece un factor indefinible que irrumpe. Alguien se atreve a decir que es el canal de sus inspiraciones de origen incierto. Su irrupción hay que entenderla como momentos singulares que se confunden en golpes de emoción. Cuando el caos sentimental aprieta o la ilusión de la sensibilidad está cerca las manos se ponen a escribir y sucede lo que se espera: surge un texto ¿Autoría? Demostrativamente quien pone las manos y el ingenio. Especulativamente, todo aquello que ha hecho su instante de aparición estelar y de influencia en las neuronas del recepcionista que sagazmente reconvierte en un momento dado en un producto más o menos coherente. Pero la coherencia no es necesariamente un reto. El poeta se permite la incompletud deliberada en el poema. Siempre tendría tiempo de explicarlo si alguien le pregunta lo que quiso decir o porqué lo dijo. En la práctica el poema viaja más allá del tiempo del autor que lo hizo y a geografías donde nunca estuvo. No sólo eso, el poema cobra vida propia, se emancipa de quien lo creara, y contiene más fuerza de mensaje y más polivalencia incluso con el que fuera concebido. El poema adquiere la madurez cuando es otro que lo hace suyo, lo instrumenta, lo exprime y lo aplica a otras situaciones. El poema se hace santo cuando salva a alguien distinto y lejano para el que fuera escrito. El poema al fin se hace pócima y elixir cuando devuelto a la lectura de quien lo creara unos años antes lo resucita y levanta.

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