La muerte o la disolución de los sentidos.
La muerte es un tema de reflexión apasionante, en particular por lo mal visto que está hablar de ella. Mencionarla convierte a su ponente en una especie de mal agorero. Se la tiene capturada, perfectamente ritualizada, el cadáver queda en actitud convenientemente presentable por los tanato-estetas hasta el punto que el difunto adopta la actitud más beatífica y sonriente de toda su vida. Si pudiera comentar la jugada diría: ahora que soy un muerto al fin he conseguido la mejor pose de sonrisa fija con la que ligar. La muerte tiene valor de parámetro: la ley implacable de la naturaleza dice que todo acaba un día u otro, los únicos interrogantes son el cuando y el donde pero el por qué, la causa, carece de relevancia a lo sumo la tiene para los baremos estadísticos. Lo interesante de la muerte segura es que iguala a todos los seres vivientes que dejan de serlo: el animal más diminuto o el más desarrollado se juntan en las cenizas, materiales cuyo color no es ni blanco ni negro, ni fu ni fa.
Riéndonos de la muerte y de sus guadañas, esqueletizándola en las fiestas de tracas i dimonis (las de los diablos en las calles catalanas con petardadas y fuegos), escribiendo sobre ella en tono no triste como pueda hacerlo ahora mismo, nos dota de sensaciones sobrenaturales haciéndonos creer que vamos a poderla vencer. La verdad es que no nos espera una lucha a muerte con la muerte sino una suave dejación para que nos venza cuando la fuerza corporal no esté para seguir chupando oxígeno o bombeando sangre. (Trataré de recordar este criterio el día que me toque espero que en una cama no hospitalaria con almohada de plumas y un edredón de vivos colores o una sábana ídem). Tengo pensada la mia: vivirla conscientemente hasta el último segundo con la persona que me quiera y a la que quiera -que me quiera y aún tenga por delante una década o más para seguir respirando- estrechándome la mano y dándonos el último adiós.
He oído decir siempre que morir es fácil y que vivir es lo difícil pero no sé de nadie que se vaya cantando un chotis al lecho de muerte.
Por el momento la cadena de establecimientos que vendan elixires de la eterna juventud no se les encuentra a la vuelta de la esquina. La gente puede ser guapa, puede hacer doctorados, viajar por todo el mundo (y últimamente a la luna) pero lo que no puede es pagarse una vida eterna. Además de poderla pagar costaría un riñón y un ojo de la cara, por bajos que fueran los plazos, la eternidad es mucho tiempo.
Quien teme a la muerte es porque no ha meditado sobre los temores asociados de tener una perspectiva de eternidad por delante. Siempre que me hablan de eternidad fanáticos de ultratumbas me dan ganas de preguntar, ¿tú a que cielo irás? Lo pregunto para no coincidir contigo. Quien no ha dado el do de pecho en la vida terrena no tiene porque darlo pasando a ser un alma pura en la vida no terrena en el supuesto de que le estuviera reservado ese lugarcito vete a saber donde. Pero volvamos a la condición cadavérica. El muerto es un proceso en descomposición si la humedad y el calor lo hinchan en unas horas lo revientan después y se convierte en fuente de otras formas de vida. Los muertos de alcurnia han tenido la oportunidad de ser momificados. Los taxidermistas de todos los tiempos fueron consiguiendo hacer prevalecer semblantes, aunque un poco apergaminados, a través de los siglos, junto, posteriormente, a las cabezas de jabalís y toros que algunos bares de cazadores y cazadores mismos ostentan con todo su mal gusto en algunos restaurants hispanos y casas señoriales dedicadas a matar por el placer sonoro del disparo definitivo.
A falta de momificación (algunos cadáveres por cierto en suelos muy áridos y faltos de toda humedad se modifican espontáneamente y quedan de una pieza sin tener que pasar por el taxidermista) tradicionalmente los familiares de los muertos levantaban estatuas, panteones, leyendas y mantenían junto a la fosa o el nicho velitas encendidas y flores frescas. La costumbre sigue. En los países bálticos al menos, los cementerios son de tumbas en el suelo y cada una es un pequeño jardincito con un banco en el que sentarse, llevarse la merienda, platicar con el muerto o recordar viejos tiempos con él/ella. El muerto no suele responder pero en vida a menudo tampoco lo hacia. Muchos muertos recordarán que la comunicación en vida quedaba reducida a asentimientos (sí, cariño; vale, okay, a la orden, bueno, tal vez...) con lo que la condición de muerto, que fundamentalmente significa la disolución de los sentidos, la incapacidad perceptiva de la realidad y la imposibilidad comunicativa, no significa una gran catástrofe en relación a las conductas que ese muerto en vida estaba reducido. Se ha dicho ya, y refrendo de nuevo, que lo peor de un vivo no es que se muera físicamente sino que ya lo estuviera durante varias etapas de su biografía, sumidos en miedos e inhibiciones, en faltas de iniciativa con total parquedad creativa y falto de toda originalidad para el goce. Los sentidos son para gozar si no sirven para eso, ¡al pozo (osario) con ellos!
Lo bueno de estar muerto es que el muerto supo hasta un instante ante de serlo que la suprema condición del morir igualaba a todos los seres humanos. ¿El reino de la igualdad? Hay que buscarlo en el reino de la oscuridad, en ese magma comunitario de las cenizas, en ese retorno a la tierra. La tierra madre, que todo lo sabe o al menos todo lo contiene en un saber latente que sus habitantes tienen que descubrir en su conocer incesante, engulle a sus cadáveres sin demasiada emoción como si fueran tapas ensartadas con mondadientes en una taberna vasca. A diferencia del ser naciente, el que es obligado a nacer, desde el primer instante, ya antes desde su residencia en el claustro materno, todo lo que tiene por delante es desigualdad con sus semejantes, una vida en el paraíso de la abundancia o una condena a la miseria extrema, una vida de lujos y sin problemas (aunque el lujo también puede constituir en sí mismo un problema) o una existencia que muerde el polvo y se ahoga en su propio detritus.
Volvamos al muerto. Un muerto se parece a otro mucho más que un vivo a otro vivo. Se diría que su condición de sujeto finiquitado finalmente lo reconcilia y mimetiza con el resto de las razas humanas. Cuanto más tiempo pase más se parecen los cadáveres. Si pasa por el incineratorio el proceso de igualación se acelerará mucho más. La única distinción es la de mantenerlos a temperatura baja en las morgues mientras esperan su identificación o que un vivo se haga cargo. De paso el muerto que salta de la capilla de rezos y cuchicheos al lanzallamas se evita diálogos infructuosos con gusanos y otros carroñeros que se lo conviertan en su bocadillo de media tarde.
Ya se ha comentado que estar muerto tiene sus ventajas. Enumeremos algunas: se dejan de pagar impuestos, no hay que votar a candidaturas que se sabe a priori que van a traicionar sus promesas, no hay que hacer de conquistador ni seductor, no hay que conseguir dinero para llegar a fin de mes, no hay que acudir a ritos religiosos para procurarse una vida eterna, no hay que vivir en ciudades estresantes, no hay que ir cada día al cuarto de baño, no hay que deshacer entuertos y malentendidos, no hay que aguantar a la plasta de la vecino del rellano,… la lista es enorme; tanto, que comparada con la lista de ventajas de estar vivo, ésta se queda muy por debajo de aquella. La verdad es que el club de los muertos no tiene que hacer gran cosa para crecer y crecer. No les faltan solicitudes. La gente se muere porque está harta de estar con vida. En algunos casos excepcionales que vive hasta cuotas centenarias, de todos modos la voluntad de sujeto puede ser la de vivir pero alguna parte de su organismo puede estar en desacuerdo. Consiguientemente la palma. Un muerto septuagenario con otro centenario tampoco se van a poner comparar quien ha vivido más y quien menos. Para empezar no tiene como comunicarse pero en ese supuesto lo comparable no es la medición en unidades de tiempo sino los contenidos existenciales logrados. Pero ni siquiera eso: a ningún muerto le apetece demostrar lo que hizo en vida, como a ningún vivo –al menos, vivo sano- pierde su energía con otro vivo gastando el tiempo de su futuro explicando sus hazañas de cuando era niño.
A pesar de las dos listas tan desiguales a favor la una de morir no vamos por iniciativa propia a ningún moritorio para que nos atiendan debidamente y nos inyecten una dosis letal (todo llegará, diré llegaría, para no ser catastrofista, cuando en un planeta con 20mil millones de personas las asambleas populares democráticas que se generen pasen por votaciones a mano alzada de quien tiene que ir al susodicho moritorio porque es una boca de mas con unos brazos inútiles para la subsistencia), antes bien confiamos en dejar nuestras contribuciones para la historia, nuestros nombres para algún diccionario que nos cite o al menos para un dossier-muestrario de esquelas (mira la de éste en lugar de un icono con una cruz tumbada sobre un hierbajo, tal como lo exponen las páginas necrológicos de los periódicos polacos, ha puesto una flor de lis como anagrama, o este otro, ha puesto el dibujo de un tótem fálico). No hace falta ser héroe o mártir o dejar una gran obra escrita o artística para dejar algo para el futuro, en todo caso el residuo de las cenizas no deja de ser una contribución al planeta.
Una vez los sentidos quedan disueltos junto a los átomos restantes, otras moléculas se aprovecharán de ellos para formar otros tejidos. La vida siempre continúa. Ese es un mérito que comparte tanto una semilla de lenteja como una bacteria. El ser humano con todas sus almas y aporías de la infinitud no tiene mejores garantías ante el fenecer que tiene preinscrito al nacer.
Morir no deja de ser una suerte, el pobre termina por compartir con el rico la fusión en el universo como parte de la materia orgánica primero e inorgánica después. La máxima aspiración del viviente es pasar a ser una piedra sabia capaz de quedarse quieta en su sitio por milenios sintiendo como pasan todos los pasos por encima de ella sin inmutarse.
Hay culturas que giran en torno a la muerte. El muerto es el protagonista en torno al que los vivos giran. Otros muertos no tienen tanta suerte y sus cadáveres quedan a medio quemar en el Ganges por falta de compra de toda la leña necesaria.
Solicitaría para mi cadáver que fuera quemado con el mínimo de envoltorio (un féretro de cartón en lugar de madera y completamente desnudo en su interior) para que mis cenizas me representaran a mí y solo a mí y no tener que compartir la eternidad con las cenizas de un ataúd hecho con aglomerado de virutas. Si pudiera ser quemado sin envoltorio alguno tanto mejor. (¿Hay algún notario en el foro de lectura para consultar esta cuestión específica? ¿Como dejar testado eso y asegurar que se cumpla? ¿Entra en contradicción con la política de incineración de los muertos?). La cultura occidental también da mucha importancia a sus muertos, tanta que se les entierra con el mejor traje de su vestuario, parece que al menos se les libera de pulseras, relojes y anillos de oro. La dentadura se les suele respetar (mal hecho, el oro es oro esté dentro de una boca o fuera de ella y si puede pagar el sustento del trimestre siguiente algo es algo. Preguntémosle al personaje de Malkievich como explorador de bocas de cadáveres en el escenario de no sé que momento de la guerra en no recuerdo qué film).
La muerte queda discretizada para que no asuste en su envergadura. Se vive la vida como si fuera a ser para siempre y se acumulan experiencias así como negocios y bienes como si se fuera a ser bicentenario para degustarlo, deglutirlo y asimilarlo todo.
Un vivo no es más que un cadáver con un préstamo existencial a un plazo dado. Esta observación búdica solo nos da una opción: tomarla con la festividad del cuerpo y la suficiente ironía del verbo para no tomárselo en serio, tampoco el patetismo existencial impuesto con sociedades imperfectas y hombres de barro que se han quedado estancados en la alfarería que los hicieron.