La reflexión sobre el desencuentro interhumano no queda en una ausencia de transacciones completas entre individuos sino que va más allá dentro de un contexto global de disociación con el medio y lo que contiene. La confrontación interindividual por antipatías personales u antagonismo ideológicos no es independiente de lso registros en un contexto aun mayor de desencuentro con el objeto. El desencuentro con el objeto es la inacalcanzabilidad del contenido de las cosas o lo substancial de la presencia del otro. El objeto, persona o cosa, no es lo que aparenta ser y la posibilidad de una transacción de contenidos queda bloqueada. Cada vez que un demandante, en la categoría que sea (hablante, consumidor, viajero o explorador) se encalla en el acceso a otro por la imposibilidad de tratar con la verdad sufre un desencuentro. Este puede ser mas evidente o no, puede dejarse traslucir como un impacto sentimental o no, lo que es seguro es que su reconocimiento no deja en el desinterés a quien lo padece. Lo más interesante a reflexionar al respecto es cuando el desencuentro es mutuo por ambas partes y por el mismo razonamiento de miedo a explorar la verdad. El desencuentro con el otro es una forma particular del desencuentro con el objeto. El otro en tanto que objeto de deseo, ambición de la mirada, pulsión del contacto o estimulo para la comunicabilidad puede motivar una pequeña crisis cuando no está a la altura de si mismo ni el demandante desea estar a la suya exigiendo lo que no le va a ser dado. A partir de cada encuentro -o coincidencia que escenifica un desencuentro- la realidad se puebla de escenografía repetida del engaño. Esa relación se puede comparar con la cosa física y matérica que no está a la altura de si misma o de lo que prometen sus etiquetas o supuestos.
La vida se llena de multitud de conductas que en conjunto son divisibles entre las relaciones con otros individuos humanos y las relaciones con las cosas, desde los espacios materiales y uso de servicios al empleo de instrumentos o consumo de espectáculos e ingestas. En el análisis de los productos de mercado se revela un continuo conflicto entre el demandante y la oferta que consigue, entre el consumidor y la cosa que compra. Tal desajuste no existe cuando el uno acepta todo lo que encuentra y lo otro se repite en una tradición de engaño o de falta de calidad. Lo que sucede es que detrás de cada consumidor hay una persona con unos valores y detrás de cada oferta hay otra u otras personas con sus criterios de intervención en el mercado. Cada cosa ofertada en su largo itinerario, desde el momento de ser concebida y fabricada al momento de ser distribuida y llevada al punto de venta pasa por distintas manos y grados de especulación en los que se suele priorizar el beneficio al servicio, el dinero a ganar al esmero en el proceso, la ganancia a la elegancia o ética en la cosa entregada. El desencuentro con el objeto concreto es total y absoluto cuando el elemento adquirido no cumple con la función para la que fue, supuestamente, fabricado y, efectivamente, pedido y tiene que ser devuelto o arrinconado. Ese desencuentro no empieza en la relación comercial sino que viene desde antes, en la misma relación humana. Claro que, las relaciones humanas se originan y se continúan por motivaciones comerciales. Hay un contingente de personas en nuestras vidas que forman parte del elenco de facilitadores que nos dan cosas o nos sirven de una manera u otra a cambio de contraprestaciones: desde el taxista al zapatero, desde la doméstica que viene a casa al panadero, desde el kiosquero al jardinero de enfrente de casa, desde el guardia urbano a cualquier otra clase de tendero, desde el taquillero al bedel de la escuela. Son funciones profesionales puntuales en las que junto a la transacción material del motivo que nos ha traído a su contacto puede haber un conato de comunicación o varios conatos sucesivos sin que ninguna parte pierda su papel concreto: de un lado el cliente de otra el comerciante, fabricante o agente de servicio.
Son relaciones humanas condicionadas por las transacciones materiales y económicas, relaciones pues de orden terciario que conforman un panorama de organización de la materialidad, su recursividad y obtención completamente alejada de las relaciones de orden secundario que proporcionan la comunicación más íntima, sea en lo personal o en lo profesional o en lo ideológico. Dentro de éstas (colegas de gremio, compañeros de aula o claustro, relaciones con conferenciantes o asistentes a ellas, encuentros congresuales, espacios discursivos varios,…) las citas con la verdad teórica no suelen estar acompañadas con las citas con las verdades personales. Cada cual asiste a ellas investido de su rol particular, el conveniente para la ocasión. Lo mismo que hay mujeres que se pasan bastante rato ante el espejo probándose ropa antes de atreverse a salir a la calle también hay gente de todo tipo y condición sexual, que piensan a priori lo que tienen que hacer y decir u como comportarse antes de presentarse en sociedad para, de alguna manera, no meter la pata. Noel Clarasó recomienda que no perdamos tan bellas ocasiones de callar como a diario te ofrece la vida. Son no pocos los autores y dicentes ocurrentes que proponen el silencio y la elusión del otro cuando el otro no sirve como comunicante efectivo. La doble carrera en la que se ve involucrado el ser humano es: de una parte, acceder al saber y al conocimiento y a los contactos de mas alta envergadura intelectual; de otra parte, renunciar a actuar en consecuencia y emplear la inteligencia para adoptar conductas aceptables socialmente por estúpidas que lleguen a ser. El desencuentro está servido y garantizado desde el mismo momento en que el encuentro con parámetros de fiabilidad y verdad está proscrito.
Lo que sucede entre hablantes también sucede entre el consumidor y el producto que consume. Hay innumerables artículos comerciales en el mercado que no están a la altura de lo que dicen ser o se rompen al desenvolverlos. Su avalancha masiva ha sido tal que el producto en si no es mas que un pretexto disimulado para la estafa y el robo. En algunas ocasiones las autoridades han debido suprimir de su circulación en el mercado cientos o miles de productos (desde el sector de la farmacia al de la juguetería) que resultaban nefastos o peligrosos para el consumo humano. Hay tal cantidad de gente sin escrúpulos que detrás de un producto puede haber un fabricante desalmado que no tiene ningún problema en vender lo que sea para hacerse rico. La colocación periódica de la puesta para consumo humano de productos perjudiciales para la salud (desde el aceite de colza a la carne de vacas locas) sigue afirmando que la sociedad esta perjudicada permanentemente por el crimen organizado que no se le puede disculpar por inconsciente que el último de una lista de una trama pretenda alegar.
Toca diferenciar entre la propuesta y el contenido, entre la etiqueta y lo que verdaderamente hay.
Bachelard propuso diferenciar los hechos de los valores, otorgándole más importancia a estos que a aquellos. Un hecho puede ser un disfraz que oculta una actividad que en realidad no resuelve nada. La baguete como ejemplo de mercado nos puede socorrer prestándose como ejemplo: articulo absolutamente carente de valor alimentario que sin embargo llena el estomago y que sirve como envoltorio de un producto nutriente. No tiene nada que ver con el pan ni con una manipulación ética de la harina de trigo. Su éxito comercial sin embargo demuestra que el desencuentro del consumidor con la cosa que consume parece que no le importa demasiado al no decidir boicotearla por su falta de calidad mínima. Hay otros muchos productos que gozan de ese favor público sin que la conciencia social se plantee siquiera no ya la protesta puntual-testimonial de ello sino actuar consecuentemente boicoteando productos que no sirven ni a la salud ni al paladar a pesar de estar dentro del sector alimentario.
Si David Riesman ya recomendó tomar las frases que parecían ciertas para ponerlas en duda antes de esta idea ya se ponía en duda que toda auto atribución se correspondiera con la realidad. El producto mas honesto es aquel que recomienda un tipo de guiso con él porque pro si mismo no tiene el menor valor nutricio, tal como vi hace ya muchos años en Zúrich en un comercio con un paquete de arroz blanco con el aviso sobrescrito en el envoltorio. No se trata solo del arroz sino de otros muchos productos refinados y no solo de cosas del sector de la alimentación sino de los otros. Ante cada decisión de compra cuando se trata de productos o marcas nuevas y no conocidas el consumidor se arriesga al chasco. Pero lo peor no es eso sino que ante los productos conocidos se sigue aceptando su condición de victimidad porque no hay otra cosa mejor en la tienda o en la coyuntura mercantil determinado o dado el infradesarrollo de un país. Los paladares terminan por acostumbrase a lo peor a falta de conocer lo mejor. Se puede decir que todo es consumo: desde llevar objetos a la boca por necesidades nutricionales a levarlos a los ojos, las manos y también la boca por razones de goce. El otro, como individuo, no deja de ser un objeto que paladear (tratar), integrar (escuchar), nutrirse (si se acepta su influencia) o rechazar (cuando es adulterado).
Lo mismo que Juan Luis Vives recomienda la lentitud para adquirir amistades per una vez admitidas la constancia en retenerlas se puede recomendar de los objetos en general que están a la altura de sus promesas y etiquetas. En cierta ocasión que propuse un curso municipal para la conciencia del reciclaje de las basuras desde posiciones de preciclaje pensé en un esquema en que la relación con el objeto desde la posición del usuario no se limitaba a satisfacer una necesidad dada sino a hacerlo de una forma ética previendo sus consecuencias. Si una economía doméstica solo piensa en la saciación de un vacio olvida los nuevos vacios que potencialmente general o problemas de agresión con el medio.
Conseguir la pieza necesaria o la herramienta adecuada es la mitad de un trabajo bien hecho. Dotarse de los productos que necesitas en función de sus implicaciones también y no solo para cubrir una inmediatez es la primera medida de autoconciencia. Conseguir los objetos de mercado impecables y no solo suficientemente maqueados para dar el pego (como muchos de los de Ikea) es un goce con la psicología contextual de la que desea rodearse el consumidor y consigo mismo al disfrutar de su entorno cuando cada cosa no le falla a cada rato. Claro que para esto suele ser necesario un poder adquisitivo que lleva a las tiendas más caras. La calidad sí existe pero no como consumo de masas. Desde siempre las casas reales han podido gozar de los mejores objetos existentes pero solo pagables por los más ricos. No siempre la ostentación ha sido igual a calidad ni mucho menos a necesidad aunque sí igual a despilfarro y exhibicionismo superfluo. Claudio cuando era césar mandó descargar de toda su ornamentación en oro de una carroza expuesta en la casa del joyero que la fabricó y reconvertirlo en monedas, para librar las calles de la ciudad de su peso para no dañarlas . Claro que con acciones de este tipo se granjeó el odio y consiguió que finalmente lo asesinaran.
Volviendo a los objetos de uso cotidiano: ordenadores portátiles, teléfonos celulares, lámparas de noche, tazas de wc, cisternas de descarga de agua, termos eléctricos, calefactores, asientos, color de las paredes, colchones, almohadas, edredones, telas, vestuario, tazas de té, vasos de cristal, sartenes, cocinas, frigoríficos, candelabros, boles, cuadros y objetos decorativos entre otros cientos de cosas de una larga lista; depende de su categoría, calidad y encuentro positivo con ellos si la vida se hace mas fácil o todo lo contrario más difícil. La vida de lujo no es la que pasa por las cosas caras sino por las cosas útiles funcionales y garantizadas.
En las sociedades donde ser predomina el beneficio al servicio, la apariencia a la comunicación, lo que menos importa es la funcionalidad sino el supuesto de ella con lo que una larga lista de cosas defraudad a sus usuarios y siguiendo la lógica del desencuentro estos se defraudan a sí mismos.